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Notas de interés

 

Política

Horacio Jaunarena

La intimidad detrás de las decisiones de Alfonsín para frenar a los militares

03/07/11El ex presidente había decidido la Obediencia Debida antes del alzamiento de Semana Santa.

 

Esta semana, la presentación del libro La casa está en orden , del ex ministro de Defensa de Raúl Alfonsín, Horacio Jaunarena, reabrió el debate sobre la actuación de ese gobierno en la restauración democrática. Ricardo Alfonsín apuntó contra “los que hoy están en el Gobierno” por no haberse opuesto a los indultos menemistas y decir que el radicalismo hizo poco. “La casa está en orden” fueron las palabras del ex presidente tras la deposición del alzamiento de Semana Santa de 1987. Aquí un fragmento del libro: “Enero y febrero de 1987 fueron meses muy críticos , en los que advertíamos cómo un general de indiscutible vocación democrática y compromiso con la Constitución como era el jefe del Ejército Héctor Ríos Ereñú, afrontaba crecientes dificultades para obtener no ya la comprensión de la política del gobierno sino también la comparecencia de oficiales a las citaciones judiciales. Cada día se viviría la misma incertidumbre, con oficiales en situación de virtual rebeldía . Las presiones de oficiales en actividad y en retiro para que los citados por la Justicia se refugiasen en unidades y resistieran su llamado, eran cada vez mayores, y se reiteraban los episodios en los que grupos importantes de oficiales en actividad concurrían masivamente a despedir a compañeros que habían sido citados a declarar en algún juzgado, sin saber qué temperamento adoptaría el juez interviniente. Para abril de 1987 íbamos a tener más de treinta citaciones a distintos oficiales en actividad solamente en la guarnición de Córdoba, que se había manifestado, desde los primeros tiempos del gobierno, como la que tenía mayores dificultades para mantener la disciplina.

A principios de marzo de 1987 hubo en la residencia presidencial de Olivos una reunión decisiva entre el presidente, Ríos Ereñú y yo, en la que Ríos Ereñú reiteró lo que ya sabíamos: las dificultades casi insalvables que tenía para seguir conduciendo el Ejército en las condiciones imperantes. El presidente tenía clara conciencia de la gravedad de la situación y estaba al tanto de las reuniones más o menos encubiertas que realizaban en distintas unidades del país los oficiales de gradación intermedia, que eran los más afectados por las citaciones judiciales. En el encuentro en Olivos, Alfonsín enfatizó que pondría todo su empeño en obtener un proyecto que colocara en cauce una situación que se había desbordado absolutamente por encima de las intenciones originales del gobierno. Los tiempos seguían jugando en contra, porque mientras se ponía en marcha el mecanismo para implementar el proyecto de ley correspondiente, los tribunales avanzaban con las citaciones agravando el clima de intranquilidad en las filas del Ejército.

Esta decisión fue transmitida por el presidente a todo el país en un discurso que dio en la localidad cordobesa de Las Perdices el lunes 23 de marzo de 1987, en el que señaló la necesidad de contemplar la situación de los oficiales que en los episodios de la llamada “lucha antisubversiva” habían cumplido órdenes emanadas de sus superiores , y anticipó que se iba a actuar en ese sentido. El tema había sido también reiteradamente tratado en reuniones con otros ministros. Alfonsín había ordenado avanzar en la legislación pertinente y había un equipo trabajando en el instrumento capaz de llevar adelante la intención gubernamental. Si se siguen las informaciones a través de los diarios de la época, se podrán ver ampliamente reflejadas las discusiones que suscitó ese anuncio del presidente en aquel momento y se podrá deducir, siguiendo a la lógica, que la decisión de enviar el proyecto de ley de obediencia debida al Congreso fue anterior a los hechos de Semana Santa . Al estallar la crisis, el proyecto ya estaba concluido y no fue su consecuencia , como malintencionadamente se ha querido hacer aparecer.

El gobierno debía soportar una sostenida campaña destinada a erosionar sus fuerzas. El vicario castrense, monseñor Manuel Medina, que por cierto no nos tenía ninguna simpatía, se ocupaba de atizar las brasas en cada homilía, con veladas o directas acusaciones al gobierno. Cada 2 de abril, en el acto recordatorio de los caídos en Malvinas, nos tocaba recibir ese sermón admonitorio en la iglesia Stella Maris delante de una nutrida concurrencia de uniformados. Estábamos acostumbrados a escuchar estos sermones, o arengas, y considerábamos que era, en cierto modo, una manera de habilitar una válvula de escape para que los sectores castrenses más resistentes al cambio pudieran manifestar sus quejas. Pero este año habría sorpresas. En aquella misa, yo estaba sentado en primera fila al lado del presidente, y a mi lado el jefe del Estado Mayor conjunto, el brigadier Teodoro Waldner, y junto a él los restantes jefes de Estado Mayor y otros funcionarios. En la homilía se aludió alambicadamente a la corrupción generalizada que supuestamente reinaba en el país, y no se podía disimular que en ese ámbito hostil y en medio de esa confusa oratoria, se quería referir elípticamente al gobierno. El clima era muy tenso. Cuando la homilía terminó y prosiguió el oficio religioso, Alfonsín me preguntó en voz baja: –Che, ¿se puede hablar acá? –Mire Raúl –le respondí–, yo no entiendo nada de esto, no le puedo contestar porque no sé.

Advertido de la inquietud, José Ignacio López le dijo que sí, que después de la misa se puede pedir la palabra, como cualquier feligrés, para dirigirse a la concurrencia. Alfonsín me dijo entonces: –Voy a hablar.

–¿Dónde? –Ahí– señalando el púlpito con el dedo.

–¿Cuándo? –Ahora. ¿Qué te parece? –Me parece que va a ser inolvidable.

Siempre en voz baja, de inmediato le dije a Waldner que estaba a mi lado: –Prepárese porque lo que va a ver ahora no lo va a ver nunca más en su vida.

–¿Qué pasa? –me preguntó con un gesto de sorpresa.

–Va a hablar el presidente.

–¿Dónde? –Ahí– le dije, señalando el púlpito con las cejas.

–¿Cuándo? –Ahora.

–¡A la mierda!– dijo el jefe militar en voz baja y sin que se le moviera un músculo de la cara.

Terminada la ceremonia, Alfonsín, ante la mirada atónita de los asistentes, pidió autorización para subir al púlpito y habló. Con palabras medidas y respetuosas, pero visiblemente enojado por las imputaciones, se dirigió a Medina y a todo el auditorio – por primera vez un presidente se subía al púlpito para contestar una homilía religiosa–, y produjo un acontecimiento político de enorme repercusión.

Se plantó frente a los sacerdotes y a los militares para hacer una defensa de la honorabilidad de su gobierno y exhortar a quien tuviera una sola prueba de corrupción del gobierno que se le hiciera llegar allí mismo. Fue también un gesto de autoridad presidencial en un momento por demás delicado, y lo hizo no desde una tribuna rodeado de partidarios sino en el atrio de una iglesia rodeado de sacerdotes y militares , muchos de los cuales desconfiaban de él y no tenían simpatía alguna por su política. Monseñor Medina nunca más volvió a hablar delante del presidente”.

 

Perfil

Horacio Jaunarena

edad: 69

profesión: abogado

cargos: fue Secretario y Ministro de Defensa de Alfonsín.

Nacido en Pergamino, en 1942, Jaunarena fue ministro de Defensa de tres presidentes: con Raúl Alfonsín (en uno de los puestos clave de ese período) primero fue secretario de Defensa (1983-1986) y luego estuvo al frente del Ministerio. También ocupó ese cargo en las administraciones de Fernando De la Rúa (2001) y Eduardo Duhalde (2002-3). Como diputado, fue autor de ley de Reestructuración de las Fuerzas Armadas.

Cuando ellas se hicieron escuchar

Los reclamos que originaron el Día Internacional de la Mujer.

Ya a principios del siglo XX las trabajadoras de EEUU, se movilizaban por sus derechos y celebraban su día. Las argentinas fueron pioneras.

Se sigue hablando sin muchas precisiones del incendio intencional de una fábrica textil norteamericana tomada por sus trabajadoras en huelga, un 8 de marzo de 1857, como el origen del Día Internacional de la Mujer. Así dicho pareciera que “la principal democracia del mundo”, reconociendo sus males, les hubiese concedido un día en el calendario a las mujeres luchadoras. Bastaría recordar que en el únicopaísenelqueel1demayo no es feriado es en el que murieron ahorcados los mártires de Chicago que luchaban por las ocho horas de trabajo y cuyo sacrificio dio origen a la conmemoración mundial deL Día del Trabajador, para que nos vaya quedando claro que no fue así.Pero aquella tragedia que enlutó a la familia obrera de los Estados Unidos no ocurrió en la fecha de mediados del siglo XIX. El incendio de la fábrica textil Compañía de Blusas El Triángulo, propiedad de Max Blanck e Isaías Harris, se produjo el 25 de marzo de 1911 y comenzó en el octavo piso del edificio dejando un saldo de 146 muertos, la mayoría mujeres. El jefe de bomberos de la ciudad reconoció que el gobierno no le había aprobado la compra de escaleras de incendio que llegaran más allá del séptimo piso. Muchas de las trabajadoras muertas venían participando en la lucha por sus derechos y habían encabezado la huelga del invierno de 1909 que se extendió a 20.000 compañeras afiliadas al International Ladies Garment Workers (Sindicato internacional de trabajadoras de laropa). Las obreras les reclamaban a sus patrones mejorassalariales, reducción de la jornada laboral a ocho horas, descanso dominical y el fin de la explotación de los niños; y al gobierno federal, el control de la higiene y seguridad. Denunciaban la inexistencia de salidas de emergencia y de elementos para combatir incendios, muy frecuentes en el rubro textil.

El movimiento logró la firma de convenios salariales favorables a las trabajadores en 300 de las 500 fábricas textiles de Nueva York, pero el gobierno desoyó todos los reclamos dejando obrar a “las sabias leyes del mercado” manteniendo los escasos controles estatales de las fábricas. Las condiciones laborales fueron descriptas por una obrera: “En esos agujeros malsanos, todos nosotros, hombres, mujeres y jóvenes ¡trabajábamos entre setenta y ochenta horas semanales, incluidos los sábados y domingos! El sábado a la tarde colgaban un cartel que

decía: ‘Si no venís el domingo, no hace falta que vengas el lunes’. Los sueños infantiles de un día de fiesta se hicieron añicos. Nosotros llorábamos porque, después de todo, éramos sólo unos niños.”(1)

Sobre el mismo tema el poeta EdwinMarkham escribió: “En habitaciones sin ventilación, las madres y los padres cosen día y noche y a los niños que están jugando los llaman para trabajar junto a sus padres.”(2)

Alicia Moreau de Justo creó en 19O2 el Centro Socialista Feminista.

El incendio de la fábrica del Triángulo no pasó inadvertido. La marcha convocada en recuerdo de las víctimas y como repudio y denuncia a la empresa reunió en Broadway a más de 100.000 personas. En el acto de homenaje a las trabajadoras, realizado el 2 de abril en el Metropolitan Opera, habló la activa militante socialista Rose Schneiderman: “La antigua Inquisición tuvo su bastidor y sus tornillos y sus instrumentos de tortura con los dientes de hierro. Sabemos cuáles son estas cosas hoy. Los dientes de hierro son nuestras necesidades, los tornillos son los de alta potencia de la maquinaria en la que tenemos que trabajar (…) Cada semana me entero de la prematura muerte de un hermano trabajador. Cada año, miles de nosotros somos mutilados. Mientras que nuestras vidas no valen nada la propiedad privada es sagrada. Hay tantos de no

sotros para un trabajo que poco importa si son 146 los que caen quemados hasta la muerte.”(3)

Rose era una de aquellas militantes socialistas de los Estados Unidos que venían conmemorando el Women’s Day el último domingo de febrero desde 1909. Al año siguiente, en la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, celebrada en Copenhague los días 26 y 27 de agosto de 1910, las delegadas norteamericanas Lena Morrow Lewis y May Wood Simons transmitieron su experiencia a sus compañeras y presentaron la moción de celebrar en todo el mundo el Día Internacional de la Mujer. La propuesta, apoyada por la representante alemana Clara Zetkin, fue aprobada. Los distintos países conmemoraron la fecha en diferentes días hasta que en 1914, en vísperas de la Primera Guerra Mundial, las mujeres del mundo lanzaron un llamado a la fraternidad universal, alertaron sobre los desastres de la guerra y fijaron el 8 de marzo como fecha universal dedicada a la mujer luchadora.

Tres años más tarde las mujeres encendían un 8 de marzo de 1917 la chispa que estallará en la Revolución Rusa. Ese día miles de mujeres encabezaron motines de protesta contra el hambre y la miseria provocados por el decadente régimen zarista. A partir del triunfo de los bolcheviques y de la extensión del bloque de los países socialistas, el 8 de marzo, en recuerdo de aquellas mujeres pioneras, se instaló detrás de la cortina de hierro como el Día de la mujer comunista. Finalmente, en 1952 las Naciones Unidas resolvieron convertir oficialmente al 8 de marzo en el Día Internacional de la Mujer.

Las mujeres argentinas fueron pioneras en la lucha por sus derechos tanto laborales como civiles. Vale la pena recordar nombres como los de la dirigente anarquista nacida en San Luis, Virginia Bolten, creadora de La voz de la mujer. A Bolten se la verá muy activa junto a otras cientos de mujeres blandiendo sus escobas para “barrer la injusticia de este mundo” durante la heroica huelga de inquilinos contra los abusos de los propietarios y las pésimas condiciones de vida en los conventillos de 1907, protagonizada fundamentalmente por las mujeres y los niños de las casas de inquilinato de Buenos Aires. Asimismo, la notable oradora y activista Juana Rouco Buela, las doctoras Alicia Moreau de Justo, Cecilia Grierson y Julieta Lanteri son pioneras en la lucha por los derechos civiles de las mujeres. Fue Julieta quien tras un sonado juicio logró su carta de ciudadanía y que se la inscribiera en el padrón municipal en 1911. Se convirtió así en la primera mujer de toda Sudamérica en ejercer el derecho al voto en las elecciones municipales celebradas el 26 de noviembre de aquel año. Era una época y un mundo de hombres, pero comenzaba a pensarse en marcar en el calendario un día de homenaje a las mujeres y de reivindicación de sus derechos.

LyZZynn. Howard La otra historia de tos Estados unidos Madrid. Siglo Veintiuna 1999. 3Schneiderman.RoseQTrtárigiilode fuego,1911

Felipe Pigna

El fusilamiento de los contrarrevolucionarios

A la Junta motorizada por Moreno no le temblaba la mano.

La orden de ejecutar al ex virrey Liniers y a sus cómplices fue cumplida por Castelli. French le dio el tiro de gracia al francés.

El 19 de mayo de 1810, el virrey Cisneros recibió una carta de Santiago de Liniers, residente en Córdoba, en la que el francés le informaba de un plan independentista que se pondría en marcha en Buenos Aires. Liniers estaba traicionando la confianza depositada en él por algunos conjurados que no se convencían de que el ex virrey estaba jugado por el partido español.

La misma noche del 25 de mayo de 1810, el ex virrey Cisneros envió a Córdoba a un joven de 17años, José Melchor Lavín, con cartas a Liniers con la orden de resistir a la Junta. El mensajero llegó el 30 de junio y se alojó en la casa del deán Funes, su viejo maestro en el Colegio de Monserrat. De este modo, Funes fue el primero en saber de los sucesos de Buenos Aires y de los planes de resistencia de los dos ex virreyes. Funes llevó a Lavín a la casa del obispo Orellana y, desde entonces, fingió participar en los preparativos de la resistencia, para enterarse de los detalles y comunicarlos a la Junta de Buenos Aires. En casa del obispo, se sumaron a la reunión Santiago de Liniers y el gobernador de Córdoba, Gutiérrez de la Concha. Hubo varias propuestas militares, pero el deán hizo todo lo posible para que los conspiradores permanecieran en Córdoba, más al alcance de Buenos Aires. Liniers se dejó convencer y la contrarrevolución se puso en marcha. Los confabulados recibieron el apoyo de las tropas españolas del Alto Perú y remesas de dinero provenientes de Lima. Belgrano y Saavedra enviaron sendas cartas a Liniers invitándolo amablemente a deponer su actitud, pero el ex virrey les contestó con insultos y amenazas.

Al conocer la noticia de la deportación del virrey Cisneros y los oidores, Liniers decidió comenzar las operaciones. Junto a Gutiérrez de la Concha intentaron sobornar al desertor José Santos González para que incendiara los campos por donde debería pasar el ejército patriota. Por las dudas, el gobernador contrarrevolucionario retiró de las arcas reales todo el dinero disponible, 76.761 pesos, tal como quedó asentado en la tesorería local. En esos documentos puede leerse la obra de uno de los pioneros en estas lides del manejo discrecional de los fondos públicos: “Retiro por gastos reservados de guerra”.1

La comunicación de Liniers con los reaccionarios de los

territorios norteños fue cortada -según cuenta Chiclana-gracias al teniente Martín Güemes, que interceptaba a toda persona que intentara bajar desde allí. Así pudo apresar a un tal Silvestre Calanacha y hacerse de la correspondencia que llevaba.

Liniers y los suyos fueron “arcabuceados” el 26 de agosto de 1810.

El comandante del apostadero de Montevideo, José María Salazar, atestigua: “El señor Liniers había mandado proclamas y cartas a los de la Junta diciéndoles las mayores infamias y que vendría a castigar su maldad”. El deán Funes pudo enterarse de que Luis Liniers, hijo del jefe de la conspiración, iba hacia Montevideo para lograr el apoyo del gobernador Elío. Pasó el dato a la Junta a través de su hermano Ambrosio, y Luis fue capturado con valiosa información en sus alforjas.

La gravedad de la situación forzó a la Junta a enviar una fuerza al mando de Ortiz de Ocampo e Hipólito Vieytes, La orden: terminar con la contrarrevolución y fusilar sumariamente a los cabecillas. A poco de llegar a Córdoba y capturar a los sublevados, Vieytes se vio influido por la súplica de los Funes para que se les perdonara la vida. Moreno, indignado, rechazó estas dilaciones y así lo cuenta en una carta a Feliciano Chiclana, gobernador intendente interino de Salta, fechada el 17 de agosto de 1810: “Pilláron los nuestros a los malvados, pero respetaron sus galones y cagándose en las estrechísimas órdenes de la Junta, nos los remiten presos a esta ciudad. No puede usted figurarse el compromiso en que nos han puesto.2

Moreno tomó la drástica medida de separar a los dubitativos del mando de la expedición y puso al frente a Castelli, Balcarce y French para cumplir la orden de terminar de cuajo con la sublevación. La orden de la Junta, firmada por todos sus integrantes menos Alberti, excusado por su condición de sacerdote, decía: “La Junta manda que sean arcabuceados don Santiago de Liniers… En el momento en que todos o cada uno de ellos sean pillados, sean cuales fuesen las circunstancias, se ejecutará esta resolución sin dar lugar a minutos que proporcionen ruegos. Este escarmiento debe ser la base de la estabilidad del nuevo sistema”.

“Vaya usted-le dijo Moreno a Castelli-y espero que no incurrirá en la misma debilidad que vuestro general.” Castelli, a quien Cisneros llamaba despectivamente “el principal interesado en la novedad”, cumplió. Liniers y los suyos, con la excepción del perdonado obispo Orellana, fueron fusilados en el paraje de Cabeza de Tigre el 26 de agosto de 1810. Domingo Frenen le pegó el tiro de gracia a Liniers.

Décadas después, Nicolás Rodríguez Peña le contestará aVicenteFidelLópez: “Castelli no era feroz ni cruel. Castelli obraba así porque estábamos comprometidos a obrar así todos… ¿Que fuimos crueles? ¡Vaya el cargo! Salvamos a la patria como creímos que debíamos salvarla. ¿Había otros medios? Así sería: nosotros no los vimos ni creímos que con otros medios fuéramos capaces de hacer lo que hicimos”.

El 9 de septiembre, Moreno dio a conocer la noticia en La Gaceta. Afirmaba que los conspiradores eran delincuentes cuya “existencia no nos ha sido posible conservar”. Y señalaba los verdaderos objetivos políticos de los conspiradores: “Es necesario observar, que los jefes de Córdoba no nos reprochaban excesos, cuya reforma pudiera producir una conciliación; ellos miraban con horror todo desvío del antiguo sistema. Querían el exterminio de la Junta, por más justos que fuesen los fines de su instalación; y juraban la ruina de los pueblos, siempre que persistiesen en el empeño de sostener sus derechos, y buscar guías distintas que el ciego impulso de sus corrompidos mandones”. Quizá, al proponer la sentencia, Moreno haya recordado las palabras de Liniers en su carta a Cisneros: “Nuestros más sabios legisladores, contra el crimen de traición, dispensan a los magistrados las formalidades para aplicar al traidor la pena capital”.

1 Archivo General de la Nación, Archivo de

Gobierno de Buenos Aires, tomo 23, capítulos

LXXKyXC.

2. En Biblioteca de Mayo cit, tomo XVm, 1966.

Felipe Pigna

Written by Santiago Fuentes

12 marzo, 2011 a 13:15

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