Comunicación, Cultura y Sociedad

Blog para compartir contenidos con los estudiantes de materias relacionadas con la Comunicación en todas sus variantes

Comunicación, Cultura y Sociedad

07/10

Formas de comunicación y expresión a través de la historia y por diferentes sectores sociales

Como ejemplos vamos a leer textos relacionados con el rol o uso de distintos actores sociales de los medios a lo largo de la historia:

culturas_juveniles_esquinas_contra_el_desencanto

los-medios-masivos-de-comunicacion-en-las-culturas-indigenas

mujeres-modernas-medios-comunicacion-pineiro

30/09

Desigualdades en la distribución de las tecnologías de información

La distribución de la tecnología y su impacto en la niñez
Por Thomas Woodson | Universidad de Stony Brook
La tecnología puede ayudar a reducir, o a agravar, la desigualdad.
La nueva tecnología se ha convertido en un factor esencial en el desarrollo y la creación de riqueza en todo el mundo, pero la tecnología no promueve automáticamente el desarrollo ni conduce a la reducción de la pobreza.

Dependiendo de las características de la tecnología y de cómo se use, y de cómo se distribuya la riqueza y otros beneficios que genera, la tecnología puede ayudar a reducir la desigualdad o puede empeorarla.

Los investigadores hablan de dos tipos de desigualdad relacionadas con la distribución tecnológica: la desigualdad vertical y la horizontal. La desigualdad vertical se refiere a la desigualdad en el ingreso general entre individuos, en tanto la desigualdad horizontal mide la desigualdad entre grupos en base a factores como raza, sexo, religión y edad. La tecnología puede acrecentar ambos tipos de desigualdad de diversas maneras. Por ejemplo, las nuevas tecnologías de la información y la comunicación crearon innovaciones que economizan tiempo y unos cuantos empleos en el campo de la informática altamente especializados, pero destruyeron muchos puestos administrativos de menor calificación. Como consecuencia, el desempleo y la desigualdad vertical se acrecentaron. Obviamente, los niños y niñas de familias con trabajadores desempleados corren un riesgo mayor de hundirse aún más en la pobreza.

El impacto de la tecnología sobre la desigualdad horizontal es particularmente pernicioso porque tal desigualdad persiste mientras el país como un todo se hace más rico. En un estudio, investigadores de Estados Unidos indagaron si los niños de las minorías recibían un nuevo tratamiento para el asma en la misma proporción que otros niños. El estudio reveló que el ritmo de adopción de este tratamiento entre los niños de las minorías era más lento, y que el de los niños como un todo era más bajo que para los adultos. Esta nueva medicina no se difundió equitativamente, y ello aumento la desigualdad horizontal.

Recientemente, algunos investigadores han estudiado los impactos de la nanotecnología en la pobreza. La nanotecnología es una tecnología emergente que utiliza materia de 0 a 100 nanómetros de tamaño en la creación de nuevos productos. Muchos creyeron que sería útil para familias ricas y pobres por igual en la creación de células solares, filtros de agua y medicinas más económicos. Sin embargo, los científicos comprobaron que la tecnología no ha tenido un gran impacto en la pobreza porque las nanotecnologías se orientan hacia la solución de los problemas de los países desarrollados, y no se avienen al contexto social de los países en desarrollo. Por ejemplo, la mayor parte de la investigación y el desarrollo de las aplicaciones de la nanotecnología en el terreno de la medicina se concentra en enfermedades como el cáncer y el mal de Alzheimer. Más de 10 veces menos publicaciones sobre nanotecnología se dedican a enfermedades que afectan a la población infantil pobre, como infecciones neonatales y enfermedades diarreicas, pese al hecho de que las enfermedades infantiles causan más muertes que el cáncer y el mal de Alzheimer.

Además, las empresas dedicadas a la nanotecnología no están creando productos que puedan ayudar a los niños y niñas pobres. Se calcula que hay 1.800 productos de consumo en el mercado basados en la nanotecnología, y sólo 37 de ellos están diseñados para niños. Los productos que están diseñados para niños, como osos de peluche resistentes al moho y biberones antimicrobianos, sólo se pueden obtener en naciones ricas. Actualmente, la revolución nanotecnológica está dejando al margen a la población infantil, especialmente a la población infantil pobre.

Algunas tecnologías pueden disminuir la desigualdad infantil. En el sector de la tecnología de la información y la comunicación, el programa Agujero en la Pared [Hole in the Wall]. instala terminales de computadoras en zonas pobres de manera que los niños puedan jugar y aprender independientemente. Este programa comenzó en la India, en 2001, y se ha extendido a través del país. En el campo de las tecnologías de la salud, unos estudiantes graduados crearon una incubadora de bajo costo para recién nacidos hipotérmicos a fin de disminuir las tasas de mortalidad infantil. La incubadora funciona ahora en 11 países y ha ayudado a más de 50.000 bebés de bajo peso al nacer y prematuros. En ambos de estos casos, la tecnología fue diseñada para niños y niñas de países en desarrollo en lugar de ser objeto de una adaptación a partir de una innovación en el mundo desarrollado. Diseñar tecnología para un contexto específico es aumentar la probabilidad de que la tecnología ayude a los destinatarios previstos.

Un argumento común es que los beneficios de la tecnología terminarán por filtrarse y llegar a los pobres. Por ejemplo, muchas tecnologías del medioambiente, como los automóviles eléctricos y los productos reciclables, están diseñados para consumidores ricos, pero los beneficios de esas innovaciones alcanzarán finalmente a la niñez pobre porque un medioambiente más limpio mitiga muchas consecuencias sanitarias que se asocian con la polución.

Que el desarrollo se filtre es posible en unas pocas situaciones hipotéticas, pero, con frecuencia, las innovaciones nunca llegan a los pobres. En muchos casos, el sistema político y económico está estructurado de tal manera que es imposible que la tecnología se filtre hacia los estratos más pobres. Por ejemplo, las regulaciones de la propiedad intelectual prohíben que las tecnologías se usen sin pagar derechos de licencia y de autor. Si los científicos quieren desarrollar una tecnología para los niños pobres, esos derechos pueden resultar prohibitivamente caros. Confiar en un proceso de goteo o filtrado no es una manera eficaz de garantizar que los beneficios de la tecnología lleguen a los pobres.

Como se ha demostrado, la tecnología puede mejorar notablemente la vida de un niño, pero también puede dar lugar a una mayor desigualdad, dependiendo de la manera de usarla y de aplicarla. Para fabricar tecnologías que disminuyan la desigualdad y beneficien a la niñez, los científicos y los responsables de la política deben crear tecnologías a favor de los pobres que directamente tengan como objetivo a los niños vulnerables, abordando sus necesidades y ajustándose a los contextos en que viven.

Fuente: http://sowc2015.unicef.org/stories/technology-diffusion-and-its-impact-on-children/?lang=es

Tecnologías de comunicación, usos sociales y desigualdades
Dênis de Moraes

13/10/2012
Opinión

Es imposible dejar de reconocer que las tecnologías tienen cada vez más influencia en los procesos comunicacionales, culturales, educativos, económicos y políticos. Analizar críticamente las mutaciones y contradicciones de la era digital contribuye a rechazar la naturalidad con que algunos abordan el hecho de que las tecnologías están lejos de disolver las diferencias de accesos y usufructos de informaciones, conocimientos e innovaciones.
La verdad es que los beneficios de la expansión tecnológica no son distribuidos de manera igualitaria, porque dependen de condiciones socioeconómicas y culturales marcadamente desiguales. Las técnicas avanzadas son apropiadas por grandes empresas e actores privilegiados que disponen de poderío financiero, capacidad industrial y redes globales de distribución. Todo eso facilitado por las desregulaciones y privatizaciones neoliberales de las últimas décadas.
Sin duda, el progreso tecnológico no solamente produce efectos negativos. Las tecnologías facultan nuevos modos de entretenimiento, sociabilidad e información, así como formas creativas de activismo social y político. Las apropiaciones favorecen contactos e intercambios, más allá de introducir otros formatos, lenguajes y dinámicas relacionales. Las herramientas de Internet son utilizadas cada vez más por medios alternativos y comunitarios para difundir sus puntos de vista y reivindicaciones, sin subordinación a las políticas editoriales de los medios.
Sin embargo, son graves las contradicciones. Aunque los procesos comporten variaciones y peculiaridades, la fiebre digital no suprime e incluso puede agravar divisiones entre conectados y desconectados. Las exigencias de los ciclos tecnológicos solo pueden ser cumplidas integralmente por los países ricos que detienen un 80% del PBI mundial. Mientras en Estados Unidos 90 millones de personas tienen banda ancha, y en Gran Bretaña un 70% de las escuelas secundarias cuentan con tecnología wi-fi, en África los usuarios no pasan de 3 millones, o sea, menos del 1% de la población.
Las desigualdades se mantienen en el dominio de las tecnologías de punta, desarrolladas por norteamericanos, europeos y japoneses, con consecuencias a largo plazo resultantes de la acumulación de informaciones estratégicas y recursos informáticos y telecomunicacionales.
De otra parte, la oferta de contenidos creció sustancialmente, en la medida que se ampliaron los canales, plataformas y soportes. Lo que pasa es que los voceros del neoliberalismo se olvidan intencionalmente de mencionar que los sistemas de producción y distribución están concentrados en las manos de un reducido número de corporaciones transnacionales, que asocian la generación voraz de datos, sonidos e imágenes a la búsqueda de máxima rentabilidad a corto plazo. Estas corporaciones tienen el poder de definir gran parte de los valores y principios que predominan en las agendas informativas y programaciones.
Por lo tanto, es insuficiente apuntar el incremento de opciones sin verificar quién controla la variedad de la oferta, cuál es su naturaleza ideológico-cultural, sus intenciones y énfasis, y las prioridades establecidas en las programaciones.
Claro es que hay respuestas, interacciones y asimilaciones diferenciadas en la audiencia, formada por múltiples perfiles de consumidores. Hay también formatos y lenguajes variados, así como perspectivas en disputa en el campo mediático. Pero debemos observar atentamente el otro lado de la moneda. En razón de la concentración monopólica y transnacional, la posibilidad de participación del público en las programaciones depende no solamente de reacciones y manifestaciones de los individuos y grupos, sino también de derechos e interferencias sociales en la producción y la circulación de bienes simbólicos.
En muchos casos, la abundancia de contenidos está sometida a metas definidas por intenciones lucrativas. Queda claro que la multiplicación tiene que ver más con prioridades comerciales que con la variedad propiamente cualitativa.
La diversidad no se agota en más opciones de consumo, sino que es fortalecida por expresiones creativas y prácticas culturales e interculturales. De ahí la importancia de cuestionar los modelos definidos por el mercado mediático y la publicidad, que consagran exclusiones y conforman el imaginario social en función de sus conveniencias.
La diversidad se asegura con legislaciones y políticas públicas que valoren los derechos de la ciudadanía y las múltiples voces de la sociedad. Leyes y políticas que sean capaces de democratizar la radiodifusión y apoyar usos comunitarios y educativos de las tecnologías, frente a las ambiciones de las corporaciones.
Es fundamental reequilibrar sobre bases equitativas los sistemas de comunicación entre los tres sectores involucrados: un tercio para el sector estatal/público, un tercio para el sector privado lucrativo y un tercio para el sector social sin fines lucrativos.
Y a la vez revitalizar y fomentar la comunicación alternativa y contrahegemónica, incluso a través de edictos públicos y programas específicos, resguardándose la autonomía crítica y creativa de los medios no gubernamentales y no mercantilizados.
Por último, es importante subrayar que no bastan solo buenas intenciones para construir sistemas de comunicación más inclusivos y plurales. Hay que tener y demostrar voluntad política, respaldo popular y compromiso institucional para hacer valer legislaciones antimonopólicas y políticas públicas democratizadoras. Sobre todo frente a las violentas manipulaciones y mentiras de los medios corporativos contra medidas transformadoras que ponen en riesgo sus privilegios económicos y someten al interés público sus desmesuradas pretensiones de poder. La batalla de las ideas está cada vez más ardua y demanda esfuerzos concentrados y permanentes para enfrentarla en las condiciones exigidas.
Creo que uno de nuestros desafíos es demostrar capacidad de articular todas esas acciones y políticas de diversidad, buscando sensibilizar las conciencias ciudadanas para la necesidad urgente de construir otra comunicación posible, en la cual prevalezcan el pluralismo, la ética y las aspiraciones colectivas.
– Denis de Moraes es profesor e investigador de la Universidad Federal Fluminense, en Brasil, y autor de La cruzada de los medios en América Latina (Paidós, 2011) y Mutaciones de lo visible: comunicación y procesos culturales (Paidós 2010), entre otros.
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23/09

Los medios masivos de comunicación y su impacto en la reconfiguración de las prácticas socioculturales contemporáneas y sus dimensiones comunicacionales: redefinición de la esfera pública y de los espacios de intercambio y reconocimiento social, nuevos modos de interacción social, nuevas formas de participación, representación y mediatización de los procesos políticos y socioculturales, transformaciones en las representaciones del tiempo y el espacio, nuevos modos de producción y circulación del conocimiento

Comunicación y política, la imposibilidad de separarlas
Alai

Hace alrededor de 15 años, uno de los más lúcidos intelectuales argentinos, Sergio Caletti, señalaba que una de las dificultades para pensar críticamente las vinculaciones y entrecruzamientos entre los fenómenos comunicacionales y políticos era la naturalidad misma de esos cruces aunada a la persistencia de una “concepción en última instancia técnica de la comunicación y la política” [1]; es decir, a la identificación de la comunicación con estrategias de producción y diseminación de mensajes y de la política con un aparato o maquinaria social y, por consiguiente, como institucionalidad regulada.A pesar de las muchas complejizaciones realizadas desde entonces, ese modo de pensar la comunicación y la política sigue hoy predominando. Esa persistencia se refleja en las numerosas producciones que se interrogan acerca del modo en que la comunicación –en términos de tecnologías y estrategias- afecta a la política en términos de actividad institucionalizada. Así proliferan los estudios que culpan a medios y tecnologías del deterioro de la política convertida en espectáculo o entretenimiento o, en las antípodas, los que auguran avances democratizadores y participativos gracias a las redes y la interactividad.

No es posible superar esas perspectivas restringidas y dicotómicas si se opera con concepciones instrumentales de la comunicación y la política. El horizonte se modifica, en cambio, cuando además de tener en cuenta las dimensiones institucionales de la política –sus organizaciones, sus momentos de deliberación y decisión-, la pensamos como esfera y práctica de la vida colectiva en la cual se diseñan y discuten los sentidos del orden social, es decir, los principios, valores y normas que regulan la vida en común y los proyectos de futuro. Y se modifica cuando, sin negar sus dimensiones operativas, pensamos la comunicación como esos complejos intercambios a través de los cuales los individuos y grupos sociales producimos significaciones en permanente tensión y confrontación. Es en ese tipo de nociones que se sostiene la sexta tesis de aquel texto de Caletti, que afirmaba que la comunicación constituye la condición de la política en un doble sentido: porque no puede pensarse el quehacer de la política como discusión de ideas sin actores que discutan, y porque no puede pensarse esa práctica en términos de construcción de proyectos de futuro sin la colectivización de intereses y propuestas.

Esa particular y necesaria articulación entre comunicación y política se produce hoy en un espacio público constituido tanto por lo que yo he llamado “la plaza”, es decir, los espacios tradicionales de agregación y acción colectiva –espacios que van adquiriendo nuevas formas con el paso del tiempo-, y “la platea”, es decir, las prácticas mediáticas que se sostienen en nuestra condición de públicos de medios y usuarios de tecnologías de información y comunicación [2]. Ese espacio público mediatizado es uno de los ámbitos principales donde se dirimen hoy las luchas por el poder político, las luchas por la conducción de la sociedad, que no son independientes del poder comunicativo-cultural, es decir de la posibilidad de construir ideas hegemónicas. Una posibilidad en la que intervienen decididamente los dispositivos técnicos que permiten la aparición y representación mediática de temas y actores. De ahí que John Thomspon postule que “la lucha por hacerse oír y ver (y de evitar que otros hagan lo mismo) no es un aspecto periférico de las conmociones sociales y políticas del mundo moderno; todo lo contrario -dice Thompson-, es su característica central” [3].

En nuestras sociedades latinoamericanas, que a pesar de la institucionalidad democrática están atravesadas por desigualdades y exclusiones notorias, esas luchas por hacerse ver y oír, que son luchas contra quienes buscan impedirlo, no son nuevas. Se expresaron históricamente tanto en la resistencia de los pueblos originarios como en las búsquedas culturales alternativas. Sin embargo, en lo que va de este siglo, varios países de nuestro continente han sido escenario de unos particulares esfuerzos por someter a discusión los sistemas de medios masivos y sus regulaciones legales, transformando los derechos a la comunicación en una de las problemáticas donde con más fuerza se expresan las luchas por el poder.

Puedo sostener esa afirmación en las confrontaciones que se vivieron y se viven aún hoy en Argentina en torno a la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual o a las que se han dado y se dan en otros países de la región, como Ecuador o Uruguay, en el mismo sentido. Esas confrontaciones se articularon en muchos casos con una larga tradición de medios populares, alternativos y comunitarios construidos desde la necesidad y vocación de recuperar la capacidad y legitimidad de expresarse, tanto para minorías excluidas pero también para las mayorías desposeídas de las condiciones necesarias para acceder a medios y tecnologías. En todos esos casos es posible reconstruir discursos y prácticas que identifican claramente intereses antagónicos y sus consecuentes justificaciones ideológicas: es decir, intereses encontrados que afirman o niegan la universalidad de los derechos a la comunicación. Y es ahí donde la articulación comunicación-política se revela con inédita potencia, socavando como nunca antes aquellas alardeadas nociones de independencia y objetividad de los medios que integran los sistemas masivos de comunicación.

Más allá de las características particulares de cada uno de nuestros países, la existencia de situaciones monopólicas u oligopólicas que lejos de disminuir se acrecientan con los procesos de desarrollo y convergencia tecnológica, produce efectos bien conocidos: agendas únicas, voces concentradas, insuficientes espacios para la expresión y representación de diferentes actores y sectores sociales y políticos. Pero además, esas empresas que buscan acaparar para sí los derechos a la comunicación que son del conjunto de la sociedad, no encubren ya sus motivaciones y estrategias en las luchas por el poder. De manera desembozada intervienen como un actor político que propone ideas y proyectos, que convoca a participar o a abstenerse de hacerlo, que denuncia o apaña a personajes políticos o empresariales, que promociona candidatos o los estigmatiza, que enjuicia a los movimientos sociales que confrontan el orden establecido, que juzga a la mismísima justicia aunque ella –en muchos de nuestros países- no sea precisamente aquella dama ecuánime con ojos vendados, sino un instrumento más de construcción de inequidad. Los casos del multimedio Clarín en el reciente proceso electoral argentino y el de la Red Globo en el proyecto destituyente que se gesta en Brasil, son ejemplos claros de este nuevo papel.

Sin embargo, no creo que sea adecuado afirmar que la política se “hace” hoy en los medios masivos de comunicación, cargando ese hacer de un contenido negativo o perverso. Históricamente, las construcciones políticas tuvieron dimensiones interactivas y recurrieron a medios expresivos. Siempre la política fue acción práctica y discursiva. Lo que hoy ocurre es que se han producido transformaciones que es necesario comprender para poder actuar sin complacencia pero sin melancolía. Por un lado, como ya señalé, el hecho de que prácticamente sin intermediaciones, sin velos, las corporaciones mediáticas han asumido su innegable participación en la construcción de democracias formales y excluyentes. Por otro, el hecho de que las instituciones políticas –pienso en los partidos, los poderes del Estado, las campañas y procesos electorales- se han transformado en el marco de lo que se ha dado en llamar “democracia demoscópica” [4]; un orden democrático donde la opinión pública mediática y las técnicas de medición y predicción de comportamientos sociales cobran peso decisivo en definiciones estratégicas y tácticas.

El cuestionamiento crítico de esa nueva matriz político-cultural no equivale a negarlo. Nada peor que las actitudes voluntaristas cuando lo que se pretende es intervenir en los conflictos por la hegemonía. Por eso, reconociendo que el sistema comunicativo es un actor más de las contiendas por el poder en nuestras sociedades, tenemos que atrevernos a asumir esa situación desde dos lugares complementarios y mutuamente necesarios: desde la búsqueda de regulaciones que atemperen la concentración mediática y aseguren condiciones más equitativas para la gestión de medios de comunicación y el acceso a tecnologías adecuadas para diferentes y plurales actores sociales; y a partir del desarrollo de prácticas organizativas y políticas que, sin negar la existencia de medios y tecnologías, definan renovados modos de instalar temas, agendas, líderes, proyectos, desde lógicas asociativas y culturales capaces de confrontar los cauces prefijados por quienes pretenden controlar las iniciativas emancipadoras.

En los tiempos que corren, ya no se trata sólo de contar con medios alternativos para que otras voces puedan escucharse y otros rostros puedan verse, sino de asumir que una de las nuevas y decisivas batallas es la de definir colectivamente cuál deseamos que sea el orden político-cultural de nuestras sociedades. Porque ciertamente no hay orden político nuevo sin un nuevo modo de comunicar, pero no es sólo un renovado modo de comunicar el que nos permitirá construir democracias con derechos plenos y modalidades genuinas de participación y representación.

Notas
[1] “Siete tesis sobre comunicación y política”, en Diálogos de la Comunicación N° 63 (37-49). FELAFACS, Lima, 2001

[2] Nociones desarrolladas en “Entre la plaza y la platea”, en Schmucler H. y Mata,M. (Coord.), Política y comunicación. ¿Hay un lugar para la política en la cultura mediática? (pp. 61-76). Catálogos- UNC, Buenos Aires, 1995

[3] Los media y la modernidad, p. 398, Paidós, Barcelona, 1998.

[4] Ver Alain Minc, La borrachera democrática, el nuevo poder de la opinión pública, Ed. Temas de hoy, Madrid, 1995

María Cristina Mata es investigadora y docente de comunicación en la Universidad Nacional de Córdoba Argentina. Acompaña a medios y proyectos de comunicación popular y alternativa en el continente.

Artículo publicado en la revista “La comunicación en disputa”, América Latina en Movimiento No. 513-514, mayo-junio 2016,http://www.alainet.org/es/revistas/513-514

URL de este artículo: http://www.alainet.org/es/articulo/178150

La sociedad smartphone
jacobinmag.com
Traducido por Leonel Basso

El automóvil fue en muchos aspectos la mercancía emblemática del siglo XX. Su importancia deriva no del ingenio tecnológico o de la sofisticación de la cadena de montaje sino de la capacidad de reflejar y moldear la sociedad. Nuestras formas de producir, consumir, utilizar y normalizar los automóviles eran una ventana sobre el capitalismo de aquella centuria, un atisbo del entrelazamiento y la tensión entre lo social, lo político y lo económico.

En una era caracterizada por la financiarización y la globalización, en la cual la “información” es oro, la idea que una mercancía defina una época puede sorprender. Sin embargo, las mercancías no son menos importantes hoy y nuestras relaciones con ellas siguen siendo primordiales para comprender la sociedad. Si el automóvil es fundamental para comprender el siglo pasado, el teléfono inteligente (en adelante smartphone) es la mercancía que define nuestra época.

La gente pasa demasiado tiempo con sus teléfonos. Los revisan constantemente a lo largo del día y los mantienen cerca del cuerpo. Duermen con ellos, los llevan al baño y los miran mientras caminan, comen, estudian, trabajan, esperan y conducen. De los jóvenes adultos, 20 por ciento admite que lo consulta incluso durante sus relaciones sexuales.

¿Qué significa que las personas tengan un teléfono en las manos o los bolsillos donde vayan? Para dar sentido a nuestra supuesta adicción colectiva al teléfono, sigamos el consejo de Harry Braverman y examinemos la “máquina, por un lado, las relaciones sociales, por el otro, y la manera en que se unen en la sociedad”.

Máquinas portátiles

Informantes de Apple se refieren a la ciudad de ensamblaje de Foxconn en Shenzhen como Mordor –el infierno de la Tierra Media de J. R. R. Tolkien–. Como trágicamente develó una ola de suicidios en 2010, el apodo dramatiza apenas las condiciones de las fábricas en que jóvenes trabajadores chinos ensamblan iPhones.1 La cadena de suministro de Apple enlaza colonias de ingenieros de software con cientos de proveedores de componentes en Norteamérica, Europa y Asia Oriental: Gorilla Glass de Kentucky, coprocesadores de movimiento de los Países Bajos, chips de cámara de Taiwán, y módulos transmisores de Costa Rica canalizados en decenas de plantas de ensamblaje en China.

Las tendencias simultáneamente creativas y destructivas del capitalismo impulsan cambios constantes en las redes de producción global y, en éstas, nuevas estructuras del poder empresarial y estatal. En los viejos tiempos, las cadenas de suministro impulsadas por el productor, ejemplificadas por industrias como la automotriz y la del acero, eran dominantes. Personajes como Lee Iacocca y Bill Allen decidían qué hacer, dónde hacerlo, y en cuánto venderlo.2

Pero a medida que las contradicciones económicas y políticas del auge de posguerra se intensificaron en las décadas de 1960 y 1970, una cantidad creciente de países del hemisferio sur adoptaron estrategias de exportación para lograr sus metas de desarrollo. Surgió un nuevo tipo de cadena de suministro (en particular en ciertas industrias ligeras, como las de ropa, juguetes y electrónica) donde los minoristas llevan las riendas e expensas de los fabricantes. En estos modelos orientado-comprador, empresas como Nike, Liz Claiborne y los productos de diseño de Walmart imponen precios a los fabricantes y ganan a menudo más en la cadena de producción que con sus marcas comerciales.

Poder y gobierno se localizan en varios puntos de la cadena de smartphones. De manera simultánea, la producción y el diseño se hallan hondamente integrados a una escala mundial. Sin embargo, las nuevas configuraciones de poder tienden a reforzar las jerarquías de riqueza existentes: los países pobres y de ingresos medios intentan con desesperación entrar en los nódulos más lucrativos desarrollando infraestructuras y ofertas comerciales; las oportunidades innovadoras son escasas y distantes entre sí; el carácter global de la producción dificulta al extremo la lucha de los trabajadores para mejorar sus condiciones y salarios.

Los mineros de coltán congoleños están separados de los ejecutivos de Nokia por más que un océano: se hallan divididos por la historia y la política, por la relación de su país con las finanzas, así como por décadas de barreras de desarrollo que con frecuencia remontan hasta el colonialismo.

La cadena de valor de smartphones es un mapa útil para la explotación global, la política comercial, el desarrollo desigual y la destreza logística. Pero el verdadero significado del producto está en otra parte. Y para descubrir los cambios más sutiles introducidos e ilustrados por el smartphone en la acumulación, debemos abandonar el proceso de creación de celulares con máquinas para identificar el uso del teléfono mismo como máquina.

Considerar máquina el teléfono es en algunos aspectos inmediatamente intuitivo. De hecho, la palabra china para el teléfono móvil es shouji, o “máquina de mano”. Las personas utilizan a menudo sus máquinas de mano como cualquier otra herramienta, en particular en el centro laboral. Las exigencias neoliberales para disponer de trabajadores flexibles, móviles y conectados los hacen esenciales.

Los smartphones extienden el lugar de trabajo en el espacio y el tiempo. Los correos electrónicos pueden ser respondidos en el desayuno y revisados en el tren camino a casa, o las reuniones del día siguiente confirmadas antes de apagar las luces. Internet se convierte en el lugar de trabajo; y la oficina, sólo en un punto dentro del vasto mapa de posibles áreas laborales.

La dilatación de la jornada laboral merced a los smartphones se ha vuelto tan imperiosa y perniciosa que las organizaciones laborales responden. En Francia, los sindicatos y las empresas de tecnología firmaron un acuerdo en abril de 2014 que reconoce el “derecho a desconectarse” tras finalizar la jornada a los 250 mil trabajadores del sector. Alemania considera una legislación que prohíba correos electrónicos y llamadas telefónicas luego del trabajo. La ministra alemana del ramo, Andrea Nahles, explicó a un periódico que hay “una conexión indiscutible entre la disponibilidad permanente y los desórdenes psicológicos”.

Por otra parte, los smartphones han facilitado la creación de formas de trabajo y de ingresar en los mercados laborales. Empresas como TaskRabbit y Postmates, por ejemplo, han construido modelos de negocio para abastecer el “mercado de pequeños empleos” mediante la “fuerza de trabajo distribuida” por smartphone.

Task Rabbit conecta a quienes optarían por evitar la molestia de desempeñar sus tareas con gente exasperada por pequeños trabajos mal remunerados. Los que desean efectuar quehaceres –como el lavado de ropa o la limpieza luego de la fiesta de cumpleaños del hijo– se conectan con taskers3 mediante la aplicación móvil de TaskRabbit. Se espera que los taskers monitoreen continuamente sus teléfonos al acecho de posibles empleos; la demora en la respuesta determina quién lo tomará. Los consumidores pueden ordenar o cancelar un trabajador sobre la marcha; y tras completar con éxito la labor, el tasker puede ser pagado directamente a través de su teléfono.

Postmates –el favorito de la giga economy– es una nueva estrella en ascenso en el mundo de los negocios, sobre todo después que Spark Capital ganará 16 millones de dólares a inicios de 2015. Persigue a sus “mensajeros” en ciudades como Boston, San Francisco y Nueva York mediante una aplicación móvil en sus iPhones, mientras se apuran en la entrega de tacos artesanales y café lattes de vainilla sin azúcar a hogares y oficinas. La aplicación informa y envía el nuevo encargo al mensajero más cercano, quien debe responder inmediatamente y completar la tarea en una hora para recibir el pago.

Los mensajeros que no son empleados ni reconocidos por Postmates son menos entusiastas que Spark Capital. Reciben 3.75 dólares por entrega, más propina, y no están protegidos por las leyes sobre el salario mínimo, pues se les clasifica como contratistas independientes.

De ese modo, nuestras máquinas de mano encajan perfectamente en el mundo moderno del empleo. El smartphone facilita los modelos de empleo basados en la “fuerza laboral contingente” (contingent workforce), así como en la autoexplotación: vincular a los trabajadores y a los capitalistas sin los costos fijos y la inversión emocional propios de las relaciones de trabajo más tradicionales.

Sin embargo, los smartphones son mucho más que una herramienta de tecnología para el trabajo asalariado. Se han convertido en parte consustancial de nuestra identidad. Cuando utilizamos nuestros teléfonos para mensajear a amigos y a enamorados, publicar comentarios en Facebook o navegar en Twitter, no trabajamos. Estamos relajándonos, divirtiéndonos, creando. Sin embargo, a través de estos pequeños actos terminamos generando algo único y valioso, una mercancía sui géneris: nuestros seres digitales.

Selfis en venta

Erving Goffman, el influyente sociólogo estadounidense, se interesó en el “ser uno mismo” (self) y en cómo los individuos producen y presentan su self a través de la interacción social. Admitía su carácter un tanto shakesperiano: para el autor de La presentación de la persona en la vida cotidiana, “el mundo entero es un teatro (o escenario)”. Sostuvo que las interacciones sociales pueden considerarse actuaciones y que el proceder de las personas varían con su audiencia.

Realizamos esas actuaciones “en el escenario” para la audiencia –conocidos, compañeros de trabajo, familiares, críticos– que deseamos impresionar. Las representaciones confieren la apariencia de que nuestros actos “mantienen y representan ciertos estándares”. Convencen a la audiencia de que somos quienes decimos: personas inteligentes, morales y responsables.

Pero las actuaciones escénicas pueden ser inestables o frecuentemente perturbadas por errores: la gente se pone el pie en la boca, malinterpreta las señales sociales, tiene un trozo de espinaca atorado en el diente, o se le descubre en una mentira. Goffman estaba fascinado por lo duro que trabajamos para perfeccionar y mantener nuestras actuaciones en el escenario y con cuánta frecuencia fracasábamos.

Los smartphones constituyen un regalo celestial para encarar esas dimensiones dramáticas de la vida. Nos permiten administrar las impresiones provocadas en los demás con un nivel de precisión rayano en la locura. En lugar de hablar con el otro, podemos enviar mensajes de texto, planificar ocurrencias y estrategias de evasión de antemano. Podemos ostentar nuestro gusto impecable en Pinterest, nuestras habilidades en CafeMom y nuestro talento de “artiste en herbe” en Instagram; todo ello en tiempo real.

New York Magazine publicó un artículo sobre las cuatro personas más deseables en esa ciudad según OkCupid.4 Estos individuos elaboran perfiles de citas tan atractivos que son objeto de peticiones y solicitudes constantes. Sus teléfonos tintinean continuamente con mensajes de enamorados potenciales. Tom, uno de los cuatro elegidos, efectúa pequeños cambios periódicos en su perfil: sube nuevas fotografías y reformula su descripción. Utiliza incluso el servicio de optimización de perfil de OkCupid: MyBestFace.

Tom supone que todo ese esfuerzo es necesario en nuestra actual “cultura de likes”. Considera su perfil de OkCupid “una extensión de sí mismo”. Y se refiere a su perfil en tercera persona: “Quiero que se vea bien y limpio; así que le hago practicar abdominales y esas cosas”.

El asombroso alcance de los medios de comunicación social y su rápida adopción por las personas para producirse e interpretarse fomentan el surgimiento de nuevos rituales tecnológicamente mediatizados. En adelante, los smartphones son fundamentales para la “generar, conservar, reparar, renovar y, también… refutar las relaciones y resistirse a ellas”.

Los mensajes de texto desempeñan –con sus complejas reglas no escritas– un papel regente en la dinámica de las relaciones de la mayoría de los adultos jóvenes. Resulta innecesario ser un nostálgico fanático para conceder que los nuevos rituales tecnológicamente mediatizados desplazan o al menos, modifican las antiguas convenciones.

Conservar digitalmente, generar y discutir de relaciones a través de los smartphones difiere del uso de los teléfonos para completar tareas asociadas al trabajo asalariado. Nadie cobra por su perfil Tinder o por subir en Snapchat fotos de sus aventuras de fin de semana. No obstante, los seres digitales y rituales que producen se hallan sin duda en venta. Cuando una persona utiliza su smartphone para conectarse con otra o una comunidad digital imaginaria, resulta cada vez más posible que el producto de sus acciones amorosas sea vendido como una mercancía, aun cuando no fuese su intención.

Empresas como Facebook son precursoras en el cercamiento (enclosures) y la venta de seres digitales. Aquélla contaba con 945 millones de usuarios que ingresaron en el sitio a través de sus teléfonos inteligentes en 2013. De los ingresos en el mismo año, 89 por ciento provenía de la publicidad (la mitad de la publicidad móvil). Toda su arquitectura está diseñada para orientar la producción móvil de cada individuo-usuario a través de una plataforma que convierte sus seres digitales en mercancías vendibles.

He aquí la razón por la cual Facebook instituyó su política de “nombres reales”: “fingir ser cualquiera o nadie no está permitido”. Esa red necesita que los usuarios usen los nombres legales para adecuar seres reales y seres digitales, pues los datos producidos por –y conectados a– un ser humano real son más rentables.

Los usuarios del sitio de citas OkCupid acuerdan un intercambio similar: “datos para una cita”. Terceras empresas se sientan en el fondo de la página para observar las fotografías de los usuarios, sus puntos de vista políticos y religiosos y hasta las novelas de David Foster Wallace que dicen amar. Posteriormente, los datos son vendidos a los publicistas que idean anuncios personalizados.

El grupo de personas que tiene acceso a los datos de OkCupid resulta notablemente grande. OkCupid es, con compañías como Match y Tinder, propiedad de iac/InterActiveCorp, la sexta mayor red en línea del mundo. Elaborar un self en OkCupid puede llevar al amor, o no, pero produce sin duda ganancias para las corporaciones.

La toma de conciencia de que nuestros seres digitales son mercancías se extiende. Profesora en The New School, Laurel Ptak publicó recientemente el manifiesto Los salarios de Facebook. Asimismo, en marzo de 2014 Paul Budnitz y Todd Berger crearon Ello, una alternativa popular a Facebook.

Proclama: “Creemos que una red social puede ser una herramienta para el empoderamiento. No es una herramienta para engañar, obligar y manipular sino un lugar para conectarse, crear y celebrar la vida. Usted no es un producto”. Ello promete no vender sus datos a publicistas, al menos por ahora. Se reserva el derecho de hacerlo en el futuro.

Sin embargo, las discusiones sobre el tráfico de seres digitales en el mercado gris (gray market) de las empresas de datos y de los gigantes de la Silicon Valley no incluyen por lo general consideraciones respecto a las condiciones de explotación cada vez más pavorosas o el floreciente mercado para trabajos precarios y degradantes. Y lejos de constituir fenómenos separados, están estrechamente vinculados. Son piezas del rompecabezas del capitalismo moderno.

iMercantilización

El capital debe reproducirse y generar nuevas fuentes de ganancias a lo largo y ancho del tiempo y el espacio. Debe crear y reforzar constantemente la separación entre los trabajadores asalariados y los propietarios de los medios de producción, aumentar el plusvalor extraído de los trabajadores y colonizar nuevas esferas de la vida social para convertirlas en mercancías. El sistema y las relaciones que lo componen están en movimiento constante.

La expansión y reproducción cotidiana del capital y la colonización de nuevas esferas de la vida social no siempre son evidentes. En cuanto dispositivo que facilita y apuntala nuevos modelos de acumulación, la reflexión sobre el smartphone permite armar el rompecabezas.

La evolución del trabajo durante las últimas tres décadas ha sido dominado por una serie de tendencias: el alargamiento de la jornada y semana laborales, la disminución de los salarios reales, el decremento o la eliminación de las protecciones no salariales del mercado (como las pensiones fijas o las normas de seguridad y de la salud), la proliferación del empleo a tiempo parcial y el declive de los sindicatos.

Al mismo tiempo, cambian las normas que rigen la organización del trabajo. En particular, proliferan nuevas formas de labor temporal como los empleos-proyectos (project-oriented employment). Ya no se espera a que los empleadores ofrezcan una seguridad laboral o que regulen las horas de trabajo; por su parte, los empleados ya no cultivan ese tipo de expectativas.

Pero la degradación del empleo no es un parámetro objetivo. El aumento de la explotación y de la miseria son tendencias y no productos ineluctables de las leyes del capitalismo. Resultan de las batallas perdidas por los trabajadores y ganadas por los capitalistas.

El uso generalizado de smartphones para prolongar la jornada laboral y ampliar el mercado de empleos deplorables, de mierda (shits jobs), resulta de la debilidad de los trabajadores y de los movimientos de la clase a que pertenecen. La compulsión y disposición de un creciente número de trabajadores a interactuar con sus empleadores a través de sus teléfonos normaliza y justifica el uso de smartphones como herramienta de explotación. Opera como acicate de una constante disponibilidad convertida en requisito para obtener un salario.

El aumento constante de las tasas de ganancias de las grandes corporaciones desde finales de la década de 1980 hasta la Gran Recesión no sólo resulta del retroceso de la conquistas del movimiento obrero como resultado de la acción del capital (y del Estado). Se ha ensanchado y profundizado el alcance de los mercados globales, así como el ritmo de desarrollo de nuevas mercancías.

La reproducción y expansión del capital dependen del desarrollo de estas nuevas mercancías, muchas de las cuales emergen del acoso incesante del capital por cercar nuevas esferas de la vida social. O como resumió el economista político Massimo de Angelis: “Pongan [estas esferas] a trabajar para las prioridades e impulsos del [capital]”.

El smartphone es crucial en este proceso. Proporciona un artefacto físico que permite el acceso constante a nuestros seres digitales y abre una frontera aún desconocida para la mercantilización.

Los individuos no cobran salario alguno por crear y conservar seres digitales. Su paga consiste en la satisfacción que procura participar en rituales y ejercer cierto control sobre sus interacciones sociales. Ganan en la sensación de flotar en la gran conectividad virtual, aun cuando sus máquinas de mano median los lazos sociales, ayudando a la gente a imaginarse como colectivos mientras se mantienen separados como entidades productivas distintas. El carácter voluntario de estos nuevos rituales no los vuelve menos importantes o rentables para el capital.

Braverman decía que “el capitalista encuentra en [el] carácter infinitamente maleable del trabajo humano el recurso esencial para la expansión de su capital”. Los últimos 30 años de innovación demuestran la verdad de esta afirmación. El teléfono se ha convertido en uno de los principales mecanismos para activar, obtener y canalizar la maleabilidad del trabajo humano.

Los smartphones aseguran que producimos más y a lo largo de nuestra vida despierta. Borran los límites entre el trabajo y el ocio. De ahora en adelante, los empleadores disponen de un acceso prácticamente ilimitado a su plantilla de personal. De tal suerte, la disponibilidad permanente y el alistamiento del trabajador sirven de palanca de chantaje para mantener altos niveles de precariedad y salarios cada vez más bajos. Al mismo tiempo, esos dispositivos proporcionan a la gente un acceso móvil y constante a los bienes comunes digitales y a su filosofía transparente de conectividad, pero sólo a cambio de su ser digital.

Diluyen, los smartphones, la línea entre la producción y el consumo, entre lo social y lo económico, entre lo precapitalista y lo capitalista. El uso del teléfono, sea por trabajo o placer, se plasma cada vez más en un mismo resultado: beneficios para los capitalistas.

¿Es el smartphone el anunciante del momento debordiano 5 o “colonización [completa] de la vida social” por la mercancía? ¿En qué medida nuestra relación con las mercancías ya no es lo único que salta a la vista sino, más bien, “las mercancías son ahora lo único visible?”

Lo siguiente puede parecer un poco duro. El acceso a las redes sociales y la conectividad digital a través de smartphones ocultan sin duda elementos liberadores. Esos aparatos pueden ayudar a luchar contra la anomia, a promover cierto sentido de conciencia ambiental y, al mismo tiempo, facilitar la generación y conservación de relaciones reales entre las personas.

Una conexión compartida a través de seres digitales puede asimismo alimentar la resistencia a la jerarquía de poder existente, cuyos mecanismos internos aíslan y silencian a los individuos. Es imposible imaginar las protestas desencadenadas por Ferguson y la brutalidad policial [estadounidense] sin smartphones y redes sociales. Y, por último, el grueso de la gente no está obligado aun a utilizar smartphones en su trabajo ni a producir sus personas a través de la tecnología. La mayoría podría lanzar sus teléfonos al mar mañana si lo desease.

Pero no lo harán. Las personas aman sus máquinas de mano. La comunicación con smartphones se está convirtiendo en una norma aceptada a medida que una cantidad creciente de rituales son tecnológicamente mediatizados. La conexión constante a las redes sociales y a la información que llamamos “ciberespacio” se vuelve indispensable a la identidad. El porqué de este acontecimiento es objeto de especulaciones laberínticas.

¿Es simplemente otra manera de “evitar el vacío, la falta de sentido de la existencia”, como sugiere el experto en medios de comunicación y tecnología Ken Hillis? ¿O nuestra capacidad para manipular nuestros avatares digitales proporciona una solución para nuestro profundo sentimiento de impotencia ante la injusticia y el odio, según expuso recientemente la novelista y profesora Roxane Gay? ¿O todos nos estaremos convirtiendo en cyborgs –pregunta Amber Case, un gurú de la tecnología–?

Probablemente no, aunque la respuesta depende de cómo se defina al cyborg. Si éste es un ser humano que utiliza una pieza de tecnología o una máquina para restaurar las funciones perdidas o mejorar sus capacidades y conocimientos, entonces la gente ha sido cyborgs por mucho tiempo, y el uso de un smartphone no difiere del de una prótesis de brazo, de conducir un coche o de trabajar en una línea de montaje.

Si definimos una sociedad cyborg como una donde las relaciones humanas están mediadas y moldeadas por la tecnología, entonces nuestra sociedad cumple el criterio, nuestros móviles juegan un papel protagonista. Pero nuestras relaciones y rituales durante mucho tiempo han sido mediados por la tecnología. El auge de centros urbanos masivos –focos de conectividad e de innovación– habría sido imposible sin los ferrocarriles y los automóviles.

Máquinas, tecnología, redes e información no dirigen ni organizan a la sociedad. La gente lo hace. Creamos y utilizamos de acuerdo con la malla existente de relaciones sociales, económicas y políticas y del equilibrio de poder.

El smartphone –la forma en que moldea y refleja las relaciones sociales– no es más metafísico que las Ford Ranger salidas de la línea de montaje en Edison (Nueva Jersey). Es a la vez una máquina y una mercancía. Su producción es un mapa de poder global, de logística y explotación. Su utilización le imprime su forma y refleja la confrontación perpetua entre las tendencias totalitarias del capital y la resistencia del resto de nosotros.

Actualmente, la necesidad de los capitalistas de explotar y mercantilizar es apremiada por las formas en que se producen y consumen los smartphones. Pero las ganancias del capital no resultan seguras ni inatacables. Se deben renovar y defender a cada paso. Tenemos poder para impugnar y negar las ganancias del capital, y deberíamos. Tal vez nuestros teléfonos serán útiles a lo largo de ese camino.

Traducción de Guenaëlle Pierre Manigat

* Publicado originalmente en la revista Jacobin, número 17. (www.jacobinmag.com)

1 Longhua, apodada “iPhone City”, es una urbe de la subprovincia china de Shenzhen. Aloja el mayor parque industrial de Foxconn, uno de los líderes mundiales en la fabricación de productos electrónicos.

2 Lido Anthony “Lee” Iacocca fue un ejecutivo comercial y, luego, alto directivo de Ford Motor Company entre 1946 y 1978. Se le atribuye el lanzamiento del modelo Mustang en 1964. William McPherson “Bill” Allen fue el máximo patrón de la industria aeronáutica estadounidense. Entre otros cargos, se desempeñó como presidente de Boeing Company entre 1945 y 1968.

3 Neologismo que hay que entender en el doble sentido de candidato a una tarea (task) determinada y de usuario de la aplicación TaskRabbit (del lado de la oferta de trabajo, o demanda de empleo).

4 http://goo.gl/IM47hu

5 En el sentido de Guy Debord.

* Nicole Aschoff, historiadora y editora de la revista Jacobin (https://www.jacobinmag.com/)

Viernes 09 de Septiembre de 2016
Cómo impulsar la participación ciudadana
La democracia directa, aunque a escala reducida, ya es aplicada en cientos de proyectos en el país. Para los expertos, empodera a los ciudadanos y fortalece las instituciones. Qué hay que tener en cuenta para implementar iniciativas de participación. Casos testigo y primeros premios internacionales para la Argentina.
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2 de 3 – Los espectadores del Mundial de Tango eligieron a su pareja favorita.Los espectadores del Mundial de Tango eligieron a su pareja favorita.
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Cómo impulsar la participación ciudadana
Los espectadores del Mundial de Tango eligieron a su pareja favorita.
Cómo impulsar la participación ciudadana
por PEDRO YLARRI
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Desde la democracia directa de la polis griega o las asambleas populares de la Antigua Roma, los ciudadanos no tenían tantas posibilidades de decidir sobre lo público como en estos días. Es que, según los expertos, las nuevas tecnologías y la modernización del Estado están empoderando a los votantes para actuar en forma directa en iniciativas de participación ciudadana. Si bien se trata de un proceso incipiente, provincias y municipios de la Argentina ya cuentan con centenares de ejemplos y hasta premios internacionales sobre esta posibilidad que está prevista incluso desde la Constitución Nacional.

¿De qué se trata la participación ciudadana? “Permite involucrar a la comunidad en la identificación, diseño e implementación de las políticas públicas, empoderando a los ciudadanos y fortaleciendo a las instituciones”, resume Gabriel Lanfranchi, director del Programa de Ciudades del Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento (Cippec). Los beneficios son evidentes.

Por un lado, explica, “la ciudadanía posee un conocimiento directo de las problemáticas que vive día a día en sus ciudades”, y por el otro, como los vecinos permanecen y sus representantes son circunstanciales, da “un horizonte temporal sostenido” a las políticas públicas.

Que el votante no sea solo eso y participe en forma activa a la toma de decisiones y su control, en la visión del especialista, enriquece las “formas y el contenido” de las políticas públicas, las tornan más “eficientes” y permite un mejor diagnóstico. Pero no solo eso, ya que, al participar, los vecinos se sienten parte de la construcción de lo público, lo que reduce la conflictividad.

Aunque los beneficios son evidentes, Torcuato Sozio, director Ejecutivo de la Asociación por los Derechos Civiles (ADC), dice que “estos procedimientos no han sido puestos en práctica de una manera relevante o concreta”. En especial, los destaca en referencia a los artículos 39 y 40 de la Constitución Nacional, que permiten a los ciudadanos presentar proyectos de ley y, a la inversa, el Congreso o el Ejecutivo convocar a una consulta popular no vinculante. El espíritu de los artículos son los que dan inspiración constitucional a las normas de participación.

Temas convocantes
Más allá de la teoría, la participación ciudadana se ve cada vez más en los barrios. En lo que va de 2016, solo en la ciudad de Buenos Aires ya se sometieron a participación de los vecinos 31 proyectos y 45 obras, logrando más de 748.000 votos y llegando a un número de asistentes a reuniones de 4.496 personas, según cifras que aporta el gobierno porteño. “Mediante este programa, los vecinos pueden ser protagonistas de distintas iniciativas, participar de la definición y planificación de las obras, o directamente votar proyectos a través de una gran variedad de herramientas, como e-mail, SMS, WhatsApp, llamados automáticos de teléfono, urnas de votación en los barrios, página web, Facebook y Twitter”, explica Federico Di Benedetto, subsecretario de Comunicación del gobierno de la Ciudad, dependencia que tiene un rol relevante en la iniciativa.

Entre los ejemplos más convocantes, menciona el Mundial de Tango 2016, en el que los espectadores pudieron elegir su pareja favorita. Más de 12.000 personas votaron en una plataforma interactiva web. Para el proyecto del Ecoparque Interactivo (que reemplaza al Zoo de Buenos Aires) se abrieron canales de escucha para que los vecinos propongan cambios. Entre el 14 y el 31 de julio pasado se recibieron 31.468 propuestas. Desde la Comuna explican que se organizarán por área temática y, luego, se pondrán de nuevo a votación de los vecinos. En otro rubro está el Parque Las Heras, que para su puesta en valor se convocó a residentes de la zona de Palermo para dar su opinión. En este caso, hubo encuentros presenciales, de los que participaron 260 personas.

Las áreas de acción no son elegidas al azar. Según el referente de Cippec, “la participación tiende a ser más efectiva cuando los temas son más específicos y están vinculados a problemas concretos de la vida cotidiana, como por ejemplo mejorar el diseño urbano de una plaza en una comunidad determinada, o cambiar los sistemas de recolección de residuos de un barrio entero”. Sin embargo, destaca que hay cuestiones más complejas, como la toma de decisión sobre aspectos más abstractos, mejorar la justicia, o de mayor escala, como la problemática metropolitana, que también pueden ser tratados con los métodos adecuados.

La implementación
Aunque no hay un manual ni legislación al respecto, las herramientas para promover la participación ciudadana son diversas y, en general, son fomentadas desde el mismo Estado.
Entre las estrategias más relevantes de los procesos de participación ciudadana que menciona Gabriel Lanfranchi se encuentran las audiencias públicas, los concejos consultivos, el Presupuesto Participativo, las consultas públicas o ciudadanas, los pactos ciudadanos, los talleres y las mesas participativas. Además del entorno, hay metodologías cualitativas de investigación, pueden utilizarse para favorecer estos procesos, “desde entrevistas en profundidad con actores clave pasando por la realización de grupos focales hasta la observación participante y no participante”. Las ONG que apuntan a fomentar la vida cívica o a defender a usuarios e incluso sindicatos fomentan estas iniciativas. Este año, por ejemplo, el mismo Cippec realizó el llamado “Diálogo Metropolitano 2030”, una iniciativa que tuvo mucha participación y repercusión en la prensa local.

Consultados sobre los consejos para jefes distritales y gobernadores, los expertos consultados piden a los dirigentes “tomar conciencia” sobre el valor de estos procesos. “Es fundamental conocer y aplicar los mejores métodos para cada caso. Asimismo, el apoyo político es una clave central debido a que estas acciones son sensibles en términos de la comunicación y difusión si buscan asegurar la amplitud y transparencia del proceso”, añade Lanfranchi. Otros tips para gestores de lo público es la importancia de la sostenibilidad en el tiempo y de evitar transformar lo “participativo” en una estrategia de efecto puramente comunicativo o de marketing político.

Di Benedetto, desde el gobierno porteño, explica que dividen las iniciativas en cinco grandes categorías (Mascotas, Deportes, Innovación, Vida Saludable y Cultura) y que se estableció un protocolo de actuación para agilizar los procesos que también tiene también cincos etapas y dos instancias de reuniones. En la primera instancia se escuchan las propuestas de vecinos, técnicos y autoridades comunales y, acto seguido, se votan las ideas en la plataforma digital. En una segunda reunión, se presenta un anteproyecto elaborado por el gobierno, en base a la sugerencia elegida y se hace un seguimiento de los avances, también online, para que sea seguido de cerca por los interesados. El último paso es la inauguración de la obra o el proyecto.

Durante este año y el próximo, en base a este proceso se prevén ampliar los proyectos. Al final del periodo se someterán a participación ciudadana unas 200 obras y proyectos. Según adelantan a Gobierno & Intendencias, voceros del jefe de Gobierno, Horacio Rodríguez Larreta, algunos de los próximos lanzamientos serán Teatro Colón por Dentro, subir a la Torre de la Ciudad, Mascotas en el Subte, Food Trucks y Bicicletas en el Subte, entre otros.

Desde el interior
Los antecedentes que aportan ADC, CIPPEC y Poder Ciudadano sobre el tema recuerdan que las primeras instancias de participación ciudadana surgieron en el interior, en especial durante la crisis de principios de siglo y a través de los llamados Presupuestos Participativos. La primera experiencia surgió en la ciudad de Rosario, tras la crisis económica y social, “como respuesta a las necesidades de relegitimación de las autoridades políticas y de reequilibrar el abismo económico-social entre ciudadanos”, dicen desde Cippec.

El proyecto recibió en 2010 uno de los galardones más emblemáticos del rubro: la distinción de Buena Práctica en Participación Ciudadana, entregado por el Observatorio Internacional de la Democracia Participativa. Los gobiernos locales pueden presentarse a esta distinción que se entrega anualmente en el marco de la Conferencia del OIDP, en el que un jurado internacional es el responsable de evaluar las candidaturas y decidir el ganador. En el mismo participan dos argentinas, Pamela Nilus, de la municipalidad de Vicente López; y Cristina Bloj, de la Universidad Nacional de Rosario.

En la actualidad, en el país, la mayor parte de los municipios que cuentan con Presupuesto Participativo corresponden a las provincias de Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba y Mendoza. Luego aparecen las provincias patagónicas, como Tierra de Fuego, Neuquén y Río Negro, siendo experiencias destacables. “Estas iniciativas tienen origen en los gobiernos locales, por lo que, si se plasman en algún tipo de instrumento, suelen ser más bien ordenanzas municipales”, añade Lanfranchi.

Democracy OS también es referido como pionero. Nació en 2012 en la ciudad de Buenos Aires, como iniciativa de Democracia en Red, un grupo conformado por activistas, emprendedores, estudiantes y hackers. Basándose en lo extendido que se encuentran las nuevas tecnologías entre la ciudadanía, se propusieron un software de código abierto que pudiera informar, debatir y votar leyes o propuestas del Congreso. Hoy es una plataforma de referencia para la toma de decisiones colaborativas y adquirió relevancia mundial. En efecto, este mes sus impulsores recibieron el premio de Singularity University, en la categoría Governance. Torcuato Sozio, de la ADC, coincide que en que hay un indicio de fórmulas de participación ciudadana que se discuten en el marco del llamado “Gobierno Abierto” y que se enfocan en temas de transparencia y rendición de cuentas.

Sozio también menciona otra iniciativa que promovió el gobierno de Mauricio Macri: el portal Justicia 2020, en el cual los ciudadanos pueden opinar sobre los proyectos legislativos que propone el Ministerio de Justicia u otras cuestiones de una agenda amplia sobre temas que hacen a las incumbencias de este Ministerio.

El mismo Germán Garavano se vio sorprendido por la reacción de la gente: “Esperábamos 100 o 200 interesados en participar. Pero fueron subiendo a 300, 700, 1000 y hoy tenemos 6.200 personas inscriptas, trabajando en los distintos equipos de trabajo. Todos pueden participar desde abogados, empresarios o sindicalistas o cualquier vecino que tenga una propuesta”. En una entrevista con Portal Empresa, de ACDE, el ministro explicó que “se diseñó una metodología específica para que el trabajo de estas personas sea participativo, pero no entorpezca la ejecución de proyectos”.

Casos premiados
Así como otrora fue premiado el Presupuesto Participativo rosarino, otras iniciativas locales alcanzan la escala internacional. Una de ellas funciona también dentro de la misma provincia de Santa Fe, donde, y según el ejecutivo de Cippec, “es destacable por ejemplo el esfuerzo realizado en la incorporación de la perspectiva del involucramiento de la ciudadanía” en el “Plan Estratégico Provincial”. De hecho, a nivel local tanto la ciudad de Rosario como la ciudad de Santa Fe, llevan adelante procesos de involucramiento de la ciudadanía en diversas cuestiones, desde presupuestos participativos hasta acciones sectoriales vinculadas con la planificación de la provisión de infraestructura. Rosario cuenta por ejemplo con un Plan Integral de Movilidad Urbana que se nutrió en base a una serie de talleres participativos con la comunidad.

El plan santafesino fue destacado este año por el jurado del OIDP como la única provincia que cuenta con un plan estratégico construido participativamente. El observatorio destacó la implementación de las llamadas Asambleas Ciudadanas, un “espacio público horizontal y democrático”, que funcionan en forma descentralizada.

Este año fue premiado también y distinguido en su manual de buenas prácticas un programa del Concejo Deliberante de Córdoba, que, según el observatorio, se posiciona como pionero en la promoción del acceso a la información pública y en el uso de nuevas tecnologías para abrir y acercar la institución a los vecinos. El proyecto comenzó en 2014 y se basa en una robusta política de transparencia y acceso a la información, por el que los medios, ciudadanos y organizaciones puedan tener acceso directo a la actividad desarrollada y funcionamiento, con documentos que pueden descargados, analizados y reutilizados.

La experiencia comenzó en diciembre de 2014, a través de un decreto del municipio. Regula toda la información que desde el Estado se brinda, incluso el uso responsable de las redes sociales digitales como medio de comunicación e interacción con la ciudadanía.

En relación a la actividad legislativa, pueden consultarse las asistencias de los concejales a las sesiones legislativas desde el año 2011 hasta la última sesión realizada, los proyectos legislativos presentados desde el 2008 hasta la última Sesión, las asistencias a las reuniones de Comisión, las audiencias públicas realizadas, la forma de votación de cada proyecto y los expedientes ingresados diariamente.

16/09

Unidad 4. Globalización económica, mundialización cultural y sociedad de la información como escenario contemporáneo del desarrollo de los procesos comunicacionales y los avances en las tecnologías de información.

GLOBALIZACIÓN ECONÓMICA
Paúl Gutiérrez, Jesús

I. CONCEPTO

El término globalización económica es utilizado para referirse al proceso de creciente interdependencia económica del conjunto de países del mundo, provocada por el aumento del volumen y de la variedad de las transacciones internacionales de bienes y servicios, así como de los flujos internacionales de capitales y, aunque en menor medida, de la mano de obra, al mismo tiempo que por la difusión acelerada y generalizada de la tecnología.

El proceso de globalización al que se ha asistido en las últimas décadas no se limita exclusivamente al ámbito económico, sino que tiene otras dimensiones. En este sentido, destacar la definición de globalización que da el Fondo Monetario Internacional y en la que precisamente resalta los efectos no económicos derivados del proceso de globalización económica: “el crecimiento de la integración de las economías de todo el mundo mediante el comercio y los flujos financieros, el desplazamiento de la mano de obra y la transferencia de conocimientos tecnológicos a través de las fronteras internacionales y sus efectos culturales, políticos y medioambientales”.

En las últimas décadas y, en especial, desde los años noventa se ha producido un cambio verdaderamente acusado en el escenario global en el que se desarrolla la economía mundial, y en el que las autoridades económicas nacionales adoptan sus decisiones de política económica. Los fenómenos que han motivado este cambio de escenario son de muy diverso tipo, desde geopolíticos (fin del comunismo, aparición de nuevos competidores, etc.), hasta demográficos (envejecimiento de la población, transformación de las estructuras familiares, etc.). Sin embargo, muy probablemente el máximo responsable de este cambio en las reglas del juego de la economía mundial se encuentra en el acelerado proceso de globalización económica que se ha registrado.

La globalización de las actividades económicas y financieras se ha traducido en importantes modificaciones en la realidad económica internacional de tal forma que hoy podemos afirmar que se ha configurado una economía mundial cualitativamente distinta de la que existía hace unas décadas.

La globalización económica tiene como agentes fundamentales a las grandes empresas multinacionales, tanto financieras como no financieras, que se han implantado en la mayor parte de los países, aumentando los flujos comerciales y de capitales entre unos y otros y haciendo que los mercados estén cada vez más integrados y globalizados. No obstante, no son los únicos agentes del proceso globalizador. Por otro lado, los gobiernos nacionales han jugado un papel relevante al haber adoptado los cambios normativos liberalizadores necesarios para potenciar el proceso. Los organismos internacionales también han sido un agente importante defendiendo las bondades del proceso. Y, por último, las propias economías domésticas también han sido un agente activo adaptándose a las oportunidades y retos que supone el proceso de globalización.

Entrevista con el sociólogo brasileño Renato Ortiz
La mundialización de la cultura
Inés Dussel

Renato Ortiz nació en San Pablo, Brasil, en 1947. Es uno de los especialistas en análisis cultural más reconocidos de América Latina. Se desempeña como profesor titular en el Departamento de Sociología de la Universidad de Campinhas, Brasil. Egresado de la Universidad de París VIII, se doctoró en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París. Fue investigador de la Universidad de Columbia y del Kellog´s Institute de la Universidad de Notre Dame en los Estados Unidos. Ha escrito varios ensayos acerca de los alcances culturales de la globalización. Entre otros, se publicaron en nuestro país: Otro territorio (Universidad Nacional de Quilmes); Mundialización y cultura (Alianza); Los artífices de una cultura mundializada (Siglo del Hombre); Mundialización: saberes y creencias (Gedisa); Lo próximo y lo distante, Japón y la modernidad-mundo (Interzona).

– Usted dice en sus últimos trabajos que sería conveniente hablar de “mundialización de la cultura” y no de “globalización”. ¿Por qué hace esta distinción? ¿Qué elementos nuevos encuentra en los procesos actuales de “internacionalización” de la cultura?

La idea de globalización nos remite a una dimensión de unicidad. Se habla de mercado global y de tecnología global asumiendo una connotación de que existiría una “única” economía y una “única” tecnología. Difícilmente podríamos calificar al universo de la cultura de esta manera. No existe, ni existirá, una cultura global. La cuestión en esta esfera no es la de la homogeneización sino la de la diversidad; por ejemplo, las lenguas diferentes (pese a la hegemonía del inglés). En este sentido, prefiero hablar de mundialización de la cultura. El término nos remite a la noción de concepción del mundo, que es diversa y diferenciada en función de los países, los grupos sociales y los intereses.

La mundialización cultural se encuentra evidentemente asociada con el proceso de globalización económica y técnica, pero no coincide de manera íntegra con él. Por eso los temas de las identidades nacionales y étnicas siguen estando presentes en el contexto de la globalización.

Tal vez el elemento más característico del proceso de mundialización de la cultura sea la desterritorialización de determinados patrones culturales, que se distancian de sus raíces nacionales o regionales, para volverse mundializados. En este caso, ocurre una gran transformación de nuestras categorías espaciales. Al lado de nuestra concepción de una realidad local nacional, hay otra -transnacional- que las atraviesa, redefiniendo el propio mundo en el cual estamos insertos.

-¿Qué efectos producen los medios de comunicación de masas crecientemente mundializados?

No existen medios de comunicación de masas propiamente dichos en escala mundial. La idea de una sociedad de masas presupone la de homogeneización y la de integración. Eso ocurre en el ámbito nacional, y fue en este contexto donde emergió la idea de cultura de masas. En la esfera transnacional, los medios son de alcance mundial sin necesariamente ser de masas. Por ejemplo, la MTV elige cierto sector del público de jóvenes, no todos los jóvenes del planeta, y opera en esa franja. Lo que sucede con la cultura transnacional, mediada por los diversos medios de comunicación, es que ella genera y legitima patrones que se toman como referencia en la comprensión del mundo y en la orientación de las conductas. Por ejemplo, el universo del consumo se generaliza; pero aquí difícilmente podría ser asimilada a la noción de masas.

Conocemos en la actualidad una diversificación del mercado de bienes culturales que opera en diferentes capas: grupos étnicos, adolescentes de una “clase media mundializada”, etcétera.

Se cree normalmente que una eventual cultura de masas vehiculizada por los medios de comunicación integraría al planeta en un único sistema. Sin embargo, desconfío de esta idea. Los medios de comunicación tienen la capacidad de conectar a las personas pero no necesariamente de integrarlas en un mismo patrón. Puedo escuchar una radio de Croacia en internet, pero si no sé serbio-croata entiendo poco de lo que se habla. Los militantes fundamentalistas islámicos utilizan los medios de comunicación para realizar sus actividades, pero lo que los aproxima no es la computadora, sino una concepción de mundo específica, relativa al papel de la religión junto al Estado islámico. Justamente, son esas concepciones las que los separan de los musulmanes tradicionales, de los católicos, de los protestantes, de los pentecostales, y del universo laico.

-¿Cuál cree que tendría que ser el lugar de la escuela en estos nuevos territorios de la cultura? ¿Cree que debería afirmar su lugar de transmisión del saber letrado como único saber válido, o que debería sumar otros saberes vinculados con las nuevas tecnologías o con la cultura audiovisual?

-Como institución, la escuela se encuentra en una encrucijada. Ella ya no es más la gran referencia de socialización de las personas, y debe converger, o competir, con las instancias de entretenimiento, ahora articuladas en dimensión mundial. Esta escuela, calcada del modelo tradicional, se ve obligada a revisar los principios de su organización y de sus objetivos. No observo problemas en la asimilación de elementos del universo digital en la educación, ya sea de los chicos o de los adultos. El problema es no caer en la trampa de transformar a la escuela en un lugar más de entretenimiento.

Muchas veces me preguntan si no sería necesario transformar a la escuela en una actividad “menos aborrecida”, “menos aburrida”. El problema es que se olvidan de que el objetivo escolar no es el entretenimiento, y mucho menos el fomento de una cultura hedonista de consumo. La cuestión es saber en qué sentido lo lúdico se puede combinar con lo pedagógico, pero sería insensato tomar al mundo del shopping y de la televisión como una solución para la crisis del sistema escolar.

Sociedad de la Información
El concepto de sociedad de la información fue creado por Machlup (1962), que concluía que el número de personas que se dedicaban a manejar y procesar información era mayor que el de los empleados que realizaban tareas basadas en un esfuerzo físico.[ Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) División de Desarrollo Productivo y Empresarial Programa Sociedad de la Información “La sociedad de la información en América Latina y el Caribe: Desarrollo de las tecnologías y tecnologías para el desarrollo. “ Santiago, Chile, febrero de 2008]

La definición de Sociedad de la Información presenta numerosos matices que son destacados por Murelaga.. Al respecto es conveniente destacar que quizás una definición que por ser de las primeras se destaca por su claridad es la enunciada por el Ministerio de Ciencias de Portugal en 1997. Es muy conveniente notar el hecho de que la definición anterior destaca la socialización de la información en el sentido de que se vive en una red de informaciones en la que los recursos son accesibles desde diferentes individuos o instancias. Por supuesto que existen otras definiciones posibles, incluso algunas que intentan definir a la Sociedad de la Información como una ideología. Ejemplo de ello es la que puede hallarse en la conocida Wikipedia. En ella se establece lo siguiente: “Podemos definir sociedad de la información como una ideología basada en los marcos mentales del progreso, el crecimiento y la modernidad, desarrollada a partir del siglo XVIII, apoyándose en distintas tendencias y cambios tanto científicos como tecnológicos impulsados en gran medida por la innovación en el terreno militar e industrial capitalista. Para comprender lo que es la sociedad de la información es preciso advertir las líneas de continuidad entre las innovaciones tecnológicas de la actualidad y la preeminencia del cálculo -la automatización del pensamiento-, el lenguaje universal -la mathesis universalis y la representación matemática de la realidad-, la estadística -la clasificación y categorización de grupos e individuos para prevenir desviaciones a la norma-, la gestión científica de la sociedad, la cartografía científica de los territorios y el post industrialismo -que sitúa al conocimiento y la información como fuentes de riqueza. Se trata de un modelo social fundado en la introducción de nuevas tecnologías en todos los aspectos de la sociedad, desde la organización de la economía hoy globalizada hasta la mediación en las relaciones sociales, dando lugar a una sociedad planificada y regida por estándares de normalidad tal y como leemos en Un mundo vigilado, de Armand Mattelart.” Como se aprecia definir “sociedad de la información” ha presentado la característica de presentarse con una diversidad de enfoques. No obstante es usual que se presente el término como sinónimo de progreso social, de eficiencia y productividad aunque la práctica establece, como se expresaba por nuestro país en la Cumbre Mundial, que la tecnología por sí sola no es capaz de eliminar las desigualdades sociales. Otro elemento importante a destacar es que desde la perspectiva de la economía globalizada contemporánea, la sociedad de la información concede a las TIC, en una visión realmente unilateral, el poder de convertirse en los nuevos motores de desarrollo y progreso. Frente a esta visión muchos críticos han señalado que la llamada sociedad de la información no es sino una versión actualizada del denominado “imperialismo cultural” ejercido desde los países ricos con grandes recursos en las nuevas tecnologías hacia los pobres que tienen que soportar en mayor o menor grado una dependencia tecnológica en extremo perjudicial.

De acuerdo con la declaración de principios de la Cumbre de la Sociedad de la Información, organizada por las Naciones unidas y llevada a cabo en Ginebra (Suiza) en 2003, la sociedad de la información debe estar centrada en la persona, integradora y orientada al desarrollo, en que todos puedan crear, consultar, utilizar y compartir la información y el conocimiento, para que las personas, las comunidades y los pueblos puedan emplear plenamente sus posibilidades en la promoción de su desarrollo sostenible y en la mejora de su calidad de vida, sobre la base de los propósitos y principios de la Carta de las Naciones Unidas.

09/09

Los derechos culturales como derechos humanos. Luchas sociales de reconocimiento identitario y/o cultural.

Derechos económicos, sociales y culturales

La comunidad internacional, a través de varias declaraciones, ha asumido el compromiso de contribuir con los Estados que carecen de recursos, para hacer realidad los derechos económicos, sociales y culturales a través de la ayuda y la cooperación internacional.

La violación de los derechos económicos, sociales y culturales no es una cuestión de ausencia de recursos adecuados, si no de falta de voluntad, negligencia y discriminación.

Todas las personas, sea cual sea su lugar de residencia, tienen derecho a vivir con dignidad. Esto significa que a nadie se le debe negar su derecho a la educación, a una vivienda adecuada, a la alimentación, al agua y al saneamiento, al disfrute del más alto nivel posible de salud y a otros derechos económicos, sociales y culturales.

El hambre, la falta de hogar y las enfermedades prevenibles no son problemas sociales inevitables ni la mera consecuencia de la falta de recursos: son el resultado de leyes, políticas y acciones que violan los derechos humanos de las personas.

Los Estados, a través de los gobiernos, son los principales responsables de hacer realidad los derechos humanos.

Los Estados deben cumplir con la responsabilidad de respetar, proteger y realizar:

  • El derecho a una vivienda adecuada, que incluye la protección frente al desalojo forzado y el acceso a una vivienda accesible, habitable y culturalmente adecuada.
  • Los derechos culturales, que incluyen el derecho de las minorías y los pueblos indígenas a la preservación y la protección de su identidad cultural.
  • El derecho a la educación, que incluye el derecho a una educación primaria gratuita y obligatoria y a una educación progresivamente disponible, accesible, aceptable y adaptada a cada persona concreta.
  • El derecho a la alimentación, que incluye el derecho a no pasar hambre y el acceso permanente a comida nutritiva suficiente o a los medios para obtenerla.
  • El derecho a la salud, es decir, el derecho al disfrute del más alto nivel posible de salud física y mental, incluidas unas condiciones de vida saludables y servicios de salud disponibles, accesibles y de buena calidad.
  • El derecho al agua y al saneamiento, es decir, el derecho a contar con agua suficiente y a disponer de instalaciones higiénicas seguras y accesibles física y económicamente.
  • El derecho al trabajo y los derechos laborales, es decir, el derecho a elegir libremente el trabajo y a gozar de unas condiciones laborales justas, protección frente al trabajo forzado y el derecho a formar sindicatos y unirse a ellos.

    fuente: http://www.amnistia.org.ar/nuestro-trabajo/temas/derechos-economicos-sociales-y-culturales

Edición Nro 156 – Junio de 2012

¿LUCHA DE CLASES O REIVINDICACIÓN DE LA DIFERENCIA?
Nuevas batallas por la igualdad
Por Nancy Fraser*

Desde hace décadas, las reivindicaciones por la igualdad no se restringen al aspecto económico sino que involucran el reconocimiento de las diferencias. ¿Es posible articular ambas concepciones para pensar las luchas actuales?

l “reconocimiento” se impuso como un concepto clave de nuestra época, en un momento en que el capitalismo acelera los contactos transculturales, rompe los esquemas de interpretación y politiza las identidades. Diversos grupos, movilizados bajo la bandera de la nación, la etnia, la “raza”, el género o la sexualidad luchan “para que se reconozca una diferencia”. En estas batallas, la identidad reemplaza a los intereses de clase como lugar de la movilización política: es más frecuente exigir ser “reconocido” como negro, homosexual o religioso ortodoxo que como proletario o burgués; la dominación cultural reemplaza a la explotación como sinónimo de injusticia fundamental.
¿Constituye esta mutación un desvío hacia una forma de balcanización de la sociedad y un rechazo a las normas morales universalistas? (1) ¿O, por el contrario, ofrece una corrección de la lectura materialista, desacreditada por la caída del comunismo de tipo soviético y que, al no ver la diferencia, refuerza la injusticia universalizando falsamente las normas del grupo dominante? (2).

Se enfrentan aquí dos concepciones globales de la injusticia. La primera de ellas, la injusticia social, resulta de la estructura económica de la sociedad y adquiere la forma de la explotación o la miseria. La segunda, de carácter cultural o simbólico, emana de los modelos sociales de representación que, al imponer sus códigos de interpretación y sus valores, y al buscar la exclusión del otro, engendran la dominación cultural, el no reconocimiento y, por último, el desprecio.

Esta distinción entre la injusticia cultural y la injusticia económica no debe borrar el hecho de que, en la práctica, ambas formas se imbrican a menudo de manera que terminan reforzándose dialécticamente. La subordinación económica impide, en efecto, cualquier participación en la producción cultural, cuyas normas en sí mismas están institucionalizadas por el Estado y por el mundo económico.

¿Corregir o transformar?

El remedio para la injusticia económica pasa por cambios estructurales: distribución del ingreso, reorganización de la división del trabajo, sumisión de las decisiones de inversión a un control democrático, transformación fundamental del funcionamiento de la economía, etc. Este conjunto, todo o en parte, atañe a la “redistribución”. El remedio para la injusticia cultural, por su parte, reside en el cambio cultural o simbólico: reevaluación de las identidades despreciadas, reconocimiento y valorización de la diversidad cultural o –más globalmente– trastrocamiento general de los modelos sociales de representación, que modificarían la percepción que cada uno tiene de sí mismo. Este conjunto atañe al “reconocimiento”.

Ambos conceptos divergen en su concepción de los grupos víctimas de la injusticia. En el marco de la redistribución, se tratará de clases sociales en sentido amplio, definidas en principio en términos económicos, según su relación con el mercado o los medios de producción. El ejemplo clásico es la idea marxista de la clase obrera explotada, pero esta concepción incluye también a los grupos de inmigrantes, las minorías étnicas, etc. En el marco del reconocimiento, la injusticia ya no está ligada a las relaciones de producción sino a una falta de consideración. En general, suele citarse el grupo étnico, que los modelos culturales dominantes proscriben como diferente y de menor valor, pero lo mismo se aplica a los homosexuales, a las “razas”, a las mujeres…

Las reivindicaciones ligadas a la redistribución exigen con frecuencia la abolición de los dispositivos económicos que constituyen el basamento de la especificidad de los grupos y tienden a promover la indiferenciación entre ellos. Por el contrario, las reivindicaciones ligadas con el reconocimiento, que se apoyan en las supuestas diferencias entre los grupos, tienden a promover la diferenciación (cuando no la crean de manera performativa, antes de afirmar su valor). Política de reconocimiento y política de redistribución aparecen, pues… en tensión.

En estas condiciones, ¿cómo pensar la justicia social? ¿Debemos priorizar la clase por sobre el género, la sexualidad, la raza, la etnicidad, y rechazar cualquier reivindicación “minoritaria”? ¿Hemos de insistir en la asimilación a las normas mayoritarias en nombre del universalismo o el republicanismo? ¿O habrá que intentar una alianza entre lo que sigue siendo insuperable en la visión socialista y lo que parece estar justificado en la filosofía “postsocialista” del multiculturalismo?

Hay dos modos de remediar la injusticia. Los remedios correctivos, primero, apuntan a mejorar los resultados de la organización social sin modificar sus causas profundas. Los remedios transformadores, por su parte, se aplican a las causas profundas: la oposición se plantea en términos de síntomas y causas.

En el plano social, los remedios correctivos, históricamente asociados al Estado de bienestar liberal, se usan para atenuar las consecuencias de una distribución injusta, dejando intacta la organización del sistema de producción. A lo largo de los dos últimos siglos, los remedios transformadores han sido asociados al socialismo: el cambio radical de la estructura económica que subyace a la injusticia social, reorganizando las relaciones de producción, no sólo modifica la distribución del poder adquisitivo, sino también la división social del trabajo y las condiciones de existencia.

El ejemplo de la affirmative action (a menudo traducida como “discriminación positiva”) en Estados Unidos permite esclarecer la distinción. Los subsidios atribuidos en función de los recursos, orientando hacia los más pobres un apoyo material, contribuyen también a cimentar diferenciaciones que pueden conducir al enfrentamiento. Así, la redistribución correctiva se usa para garantizar a las personas de color una parte equitativa de los empleos y la educación, sin modificar su naturaleza o cantidad. En el plano cultural, el reconocimiento correctivo se traduce en un nacionalismo cultural que se esfuerza en garantizar el respeto por las personas de color, valorizando la “negritud” y dejando inmodificado el código binario blanco-negro que le da sentido. La affirmative action combina, pues, la política socioeconómica del antirracismo liberal con la política cultural del black power.

Ahora bien, esta solución no ataca las estructuras profundas que producen las desigualdades de clase y las desigualdades raciales. Por eso se multiplican sin fin las soluciones superficiales que contribuyen a hacer más perceptible aún la diferenciación racial, al brindar de los menos favorecidos una imagen de clase ineficiente e insaciable, que siempre necesita ayuda, e incluso a veces la imagen de un grupo privilegiado, que recibe un trato “de favor”. Es así como un enfoque que apunta a resolver las injusticias ligadas con la redistribución puede terminar creando injusticias en términos de reconocimiento.

En cambio, los remedios transformadores, que combinan sistemas sociales universales e imposición estrictamente progresiva, apuntan a asegurar a todos el acceso al empleo, a la vez que tienden a disociar el empleo de la exigencias de reconocimiento. De allí la posibilidad de reducir la desigualdad social sin crear categorías de personas vulnerables presentadas como aprovechadoras de la caridad pública. Un enfoque de esas características, centrado sobre la cuestión de la distribución, contribuye así a remediar ciertas injusticias de reconocimiento.

Tanto la redistribución correctiva como la transformadora presuponen una concepción universalista del reconocimiento, es decir un valor moral igual de las personas. Pero descansan sobre lógicas diferentes en relación con la diferenciación de los grupos.

Los remedios correctivos de la injustica cultural atañen a lo que comúnmente se llama multiculturalismo: se trata de poner fin al no respeto de las identidades colectivas injustamente desvalorizadas, pero dejando intactos, a la vez, el contenido de esas identidades y el sistema de diferenciación identitaria sobre el cual se fundan. Los remedios transformadores, por su parte, se asocian habitualmente a la deconstrucción. Intentan terminar con el no respeto transformando la estructura de evaluación cultural subyacente. Al desestabilizar las identidades y la diferenciación existentes, estos remedios no se contentan con favorecer el respeto de sí, sino que cambian las percepciones que tenemos de nosotros mismos.

El ejemplo de las sexualidades despreciadas es un ejemplo de esta distinción. Los remedios correctivos para la homofobia se asocian por lo general al movimiento gay, que apunta a revalorizar la identidad homosexual. Los remedios transformadores, por el contrario, se emparentan con el movimiento queer, que pretende deconstruir la dicotomía homosexual/heterosexual. El movimiento gay considera la homosexualidad como una cultura, dotada de rasgos particulares un poco como la etnicidad. Es un “modelo identitario”, adoptado en diferentes luchas por el reconocimiento. Intenta sustituir imágenes propias negativas, impuestas por la cultura dominante y luego interiorizadas por una cultura propia que, manifestada públicamente, obtenga el respeto de la sociedad en su conjunto. Este modelo encierra verdaderos aportes, pero al superponer política de reconocimiento y política de identidad, alienta la naturalización de la identidad de un grupo –si no su esencialización– mediante una afirmación de “autenticidad” y de su diferencia.

El movimiento queer, por el contrario, aborda la homosexualidad como el correlato construido y desvalorizado de la heterosexualidad: ninguna de las dos tiene sentido si no es una respecto de la otra. El objetivo no es ya valorizar una identidad homosexual, sino abolir esa dicotomía. El movimiento gay busca dar valor a la diferenciación que existe entre los grupos sexuales –tal como las políticas correctivas de redistribución del Estado de bienestar con las diferenciaciones sociales–; el movimiento queer pretende cuestionarlas, igual que el socialismo con la sociedad sin clases.

Al abordar la falta de reconocimiento como un prejuicio engendrado unicamente en valores ideológicos y culturales, la corriente identitaria desprecia su asidero en la estructura social. Esto lleva a sus defensores, a veces, a ignorar la injusticia económica y a concentrar sus esfuerzos solamente en la transformación de la cultura, considerada como una realidad en sí misma. Así es como pueden descuidarse los vínculos, institucionalizados en los sistemas de asistencia social, entre las normas heterosexuales dominantes y el hecho de que algunos recursos se les nieguen a las personas homosexuales. Pero esta corriente también puede ver las desigualdades económicas como simples expresiones de jerarquías culturales: según esta lógica, la opresión de clase emana de la devaluación de la identidad proletaria. El culturalismo vulgar –imagen invertida de ese marxismo vulgar que antaño prohibía la política de reconocimiento en pro de la política de redistribución– implica que reevaluar identidades devaluadas equivale a atacar las fuentes mismas de la desigualdad económica.

El riesgo de la psicologización

Al modelo identitario (correctivo) se opone lo que se llamará el modelo estatutario (transformador): la negación de reconocimiento ya no es considerada una deformación psíquica, o un prejuicio cultural autónomo, sino una relación institucionalizada de subordinación social, producida por instituciones sociales. Así pues, lo que debe ser objeto de un reconocimiento no es la identidad propia de un grupo, sino el estatuto, para los miembros de ese grupo, de miembros plenos de la interacción social. Esta política propone deconstruir las dos formas conexas de ordenamiento de una sociedad, económica y cultural, y descifrar en qué obstaculizan esa igualdad. Entonces, no se trata de postular un derecho a la estima social igual para todos (3), sino de definir, reivindicando la paridad de participación en la interacción social para todos, un campo de la justicia social que implique a la vez redistribución y reconocimiento, clase y estatus. Evitar la psicologización y la moralización: ese sea quizá el marco de pensamiento para una estrategia coherente, que contribuya a desarmar los conflictos y contradicciones entre estos dos grandes tipos de luchas.

1. Richard Rorty, Achieving our Country : Leftist thought in twentieth-Century America, Harvard University Press, Cambridge, 1998; Todd Gitlin, The Twilight of Common Dreams: Why America is Wrecked by Culture Wars, Metropolitan Books, Nueva York, 1995.

2. Charles Taylor, “The Politics of Recognition” en Amy Gutman (dir.), Multiculturalism: Examining The Politics of Recognition, Princeton University Press, 1994.

3. Axel Honneth, La Lutte pour la reconnaissance, Le Cerf, París, 2000.

* Titular de la cátedra de Justicia Social en el Collège d’études mondiales de la Fondation de la Maison des sciences de l’homme. Autora de Les Mouvements du féminisme. De l’insurrection des années 60 au néolibéralisme, que publicará La Découverte (París) e

Fuente: http://www.eldiplo.org/notas-web/nuevas-batallas-por-la-igualdad/

26/08

Diferentes tipos de discriminaciones y su definición en vínculo con las relaciones de poder.

En el siguiente archivo se pueden encontrar muchos datos relevantes sobre tipos de discriminación:

Observatorio de la discriminación de la radio y tv. Monitoreo-al-24-11-15

En la siguiente imagen vemos como la discriminación puede afectar a la hora de conseguir empleo:

134

En la siguiente infografía también vemos distintos tipos de discriminación

info discriminacion.cdr

19/08

Racismo y discriminación. Formas del racismo en América y en la Argentina


Noticias relacionadas al tema:

Naciones Unidas observa conductas racistas en Argentina

“El racismo argentino es un racismo europeo”

Detuvieron a tres neonazis por ataques racistas en Mar del Plata

12/08

La perspectiva intercultural. Reconocimiento mutuo y estrategias interculturales.


La propuesta es propiciar espacios de intercambios donde escuchar y narrar:

– acontecimientos, noticias actuales o sucesos históricos hace posible poner en juego las prácticas del lenguaje vinculadas a la vida familiar y comunitaria. -creencias y prácticas cotidianas de las comunidades de los estudiantes acerca de la relación con la naturaleza a través del trabajo, la producción, la distribución del tiempo y del espacio, las celebraciones, tomando en consideración la propia historia y la diversidad de experiencias. – conocimientos y relatos de la historia oral;

– la historia acerca de los movimientos de las familias en el espacio y cómo impactan en ciertas dinámicas familiares, por ejemplo migrar de país, migrar del campo a la ciudad, cambiar de barrio.

14/7

El tratamiento de la diversidad cultural: conceptos de etnocentrismo y relativismo cultural

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3/06

Producción cultural, consumo cultural e industrias culturales.

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La industria cultural en la era digital

Está por verse si los gigantes de Internet están dispuestos a apoyar un ecosistema cultural sostenible, dice el columnista. Tim Wu es uno de los mayores expertos en regulación de Internet y el que acuñó el término “neutralidad de la Red”. En este artículo comenta un libro de reciente aparición, “The People’s Platform: Taking Back Power and Culture in the Digital Age” (La plataforma del pueblo: recuperando el poder y la cultura en la era digital), de Astra Taylor. Luces y sombras de la nueva economía creativa.

Astra Taylor es una directora de documentales que ha descripto su obra como el “brócoli hervido” de nuestra dieta cultural. Su última película,Vida examinada, mostraba a filósofos caminando por distintos lugares mientras exponían sus ideas. Taylor es la clase de creativa que supuestamente se iba a beneficiar cuando la revolución de Internet acabase con las viejas jerarquías de los medios.

Pero dos décadas después de iniciada esa revolución, Taylor no está impresionada: “Corremos el riesgo de morir de hambre en medio de la abundancia”, escribe. “La cultura libre, así como la comida barata, acarrea gastos no previstos”. En lugar de servir como el gran igualador, la Web ha creado un feudalismo cultural aborrecible. Las masas creativas se conectan, crean y trabajan, mientras que Google, Facebook y Amazon cobran el dinero.

La tesis de Taylor está expuesta de manera sencilla. La industria cultural pre-Internet, poblada principalmente por conglomerados explotadores, estaba lejos de ser perfecta, pero al menos el régimen antiguo tenía alguna necesidad de cultivar las instituciones culturales, y de pagar por el talento en todos los niveles. Después vino la Web, que barrió con las jerarquías – y con los cheques, dejándoles a los creadores de toda clase sólo la posibilidad de convertirse fugazmente en “famosos en Internet”.

Y de algún modo, dice Taylor, la Web nunca amenazó realmente con eliminar a los principales representantes de los medios tradicionales, ya fuesen superestrellas, como Beyonce, grandes programas de televisión o estudios de Hollywood. En cambio, fueron las clases medias de la industria cultural las que resultaron eliminadas y reemplazadas por nuevas plantaciones culturales gobernadas por los agregadores de la Costa Oeste.

Es difícil saber si el título, La plataforma del pueblo , es pretencioso o sarcástico, porque Taylor piensa que el aura no clasista de la Web enmascara una injusta estructura de poder. “Los sistemas abiertos pueden ser descarnadamente no igualitarios”, dice, y sostiene que la Web padece de lo que la académica feminista Jo Freeman denominó “tiranía de falta de estructuras”. Debido a que supuestamente no existe la jerarquía, las elites pueden negar alegremente su propia existencia. (“Sólo operamos una plataforma”.) Pero los efectos son reales: la Web ha reducido a los creadores profesionales a mendigar mendrugos de atención a un público consentido, y ha forzado a los creadores a ser sus propias marcas.

La crítica de Taylor golpea fuerte porque no se la descarta fácilmente como a críticos reaccionarios tales como Andrew Keen o Evgeny Morozov, que tienden a considerar los productos culturales de la Web como los garabatos infantiles de aquellos con bajo nivel de educación.

Taylor acepta que puede haber mucho talento allí, pero considera que está siendo explotado; ha visto lo que Clay Shirky llamó “Here Comes Everybody”, (Aquí vienen todos), la promesa de Internet de inclusión y colaboración, y piensa que no ha sido buena para nadie (excepto quizás para publicistas online).

Taylor somete la narrativa de los “famosos en Internet” a una crítica particularmente mordaz. La historia es familiar: un artista desconocido produce un video, que se viraliza y llega a millones, lo que le vale una entrevista en el programa Today . Bien, ¿y luego qué? De vuelta a la servidumbre (con excepciones, como E. L. James, autora de Cincuenta sombras de Grey , que comenzó como la ficción Crepúsculo ). En cualquier caso, las posibilidades de que circule viralmente son comparables a las de ganar la lotería, pero la lotería, justo es reconocerlo, paga en efectivo. Usted podría decir que la viralización es la promesa que mantiene al proletariado enfrascado en las fábricas culturales, en lugar de rebelándose y reclamando algo mejor.

La plataforma del pueblo tiene el sabor de una Roger y yo para la industria cultural estadounidense, y va a resonar en aquellos de las clases creativas cuyas vidas se han hecho más difíciles por culpa de la Web: escritores de no ficción seria, músicos, dramaturgos, novelistas y periodistas de investigación.

En conjunto, constituyen una clase que causa gran empatía. Pero en la medida en que Taylor condena la Web como algo en general negativo para la cultura, este discurso no está libre de complicaciones. Por una parte, su crítica es mucho más débil para los que trabajan part-time, los aficionados y los amateurs que usan la Web: el usuario promedio de Instagram no está precisamente tratando de hacer carrera con las selfies y posiblemente no se sienta explotado.

Además, la Web ha creado más que versiones baratas de lo anterior -–los sitios más importantes de la cultura de Internet, como Awkward Family Photos (sitio que reúne fotos familiares desafortunadas), son en realidad sólo categorías en sí mismas. Lo incómodo que Taylor no pone de relieve es que son tanto los no arribistas como los agregadores los que están haciendo el daño que ella describe.

Ausente está también el consumidor en su condición de tal. Taylor considera que somos malcriados por contenidos cliqueables y que sufrimos una erosión generalizada de la calidad de los contenidos. Pero Internet es más que listicles (N de la R: una forma breve de escritura que utiliza una lista como estructura temática. La palabra proviene de la combinación inglesa de “lista” y “artículo”), y cuando nos consideramos a nosotros mismos como simples lectores o espectadores, lo que aparece invariablemente es que nunca fue más barato ni más fácil acceder a buen material.

Netflix y YouTube son una bendición para amantes de material poco conocido de televisión y cine. Y aunque muchos en el sector editorial sienten por Amazon el odio profundo que antes reservaban a la televisión, es innegable que los lectores hoy pueden leer más libros por menos dinero. La explicación más acabada no puede ignorar cuán accesible se ha vuelto la cultura.

Dejando de lado estas complicaciones, Taylor nos obliga a considerar una pregunta muy importante: “¿Qué perdemos si dejamos que la mitad desaparezca”? Ve la solución en un movimiento hacia la “cultura sustentable” (que, como con los alimentos orgánicos, presumiblemente supone pagar más por las cosas), junto con más apoyo público a las distintas expresiones del arte. Como ella señala, se nos ha dado por asumir que la cultura se hará cargo de sí misma, cuando nunca ha sido así.

La industria de la tecnología podría inclinarse por rechazar los argumentos de Taylor como una mera versión de las quejas de los fabricantes de máquinas de escribir en 1984, pero eso sería un error.

La plataforma del pueblo debería tomarse como un desafío por parte de los nuevos medios que desde hace mucho tiempo se jactan de ir mejorando el viejo orden. ¿Pueden probar que son capaces de apoyar un ecosistema cultural sostenible, de una manera que vaya más allá de sólo organizar fiestas en el Festival de Cine de Sundance?

Vemos algo de esto en las firmas de tecnología que han comenzado a pagar por contenido original, y en las inversiones de Netflix en proyectos como Orange Is the New Black . También cabe señalar que el apoyo a la cultura es realmente muy económico. Consideremos la agencia de noticias sin fines de lucro Propublica, que emplea periodistas de investigación y ya ha ganado dos premios Pulitzer, todo con un presupuesto de apenas un poco más de 10 millones de dólares por año. Ese tipo de dinero es un error de redondeo para gran parte de Silicon Valley, donde perder miles de millones de dólares en malas adquisiciones es una práctica defendida habitualmente como “estratégica”. Si Google, Apple, Facebook y Amazon realmente creen que están mejor que la vieja guardia, está por verse.

Circuitos culturales y mercados de producción y consumo cultural

La lógica económica del empleo cultural

20/5

Producción y distribución de bienes simbólicos en sociedades desiguales.

#Meritocracia

La meritocracia (presumible de la conjunción de las palabras mérito del latín merĭtum ‘debida recompensa’, a su vez de mereri ‘ganar, merecer’; y el sufijo -cracia del griego krátos, o κράτος en griego, ‘poder, fuerza’, con el sufijo -ia de cualidad) es una forma de gobierno basada en el mérito.

https://es.wikipedia.org/wiki/Meritocracia

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Además hacemos un torbellino de ideas para el cortometraje sobre el 9 de Julio

Y vemos del libro de la materia de la página 43 hasta la 55

13/05 no hubo clase

06/05/16

La Comunicación como campo en el que se producen relaciones de poder.

Artículo “Comunicación, poder y contrapoder en la sociedad red. Los medios y la política” de Manuel Castells

29/04/16

Trabajamos con el libro Comunicación, Cultura y Sociedad de Editorial Maipué. Página 37 a 41.

Conceptos para tener en cuenta:

Clifford Geertz propone un concepto semiótico de cultura: “Creyendo con Max Weber que el hombre es un animal inserto en las tramas de significación que él mismo ha tejido, considero que la cultura es esa urdimbre y que el análisis de la cultura ha de ser, por lo tanto, no una ciencia experimental en busca de leyes, sino una ciencia interpretativa en busca de significaciones. Lo que busco es la explicación, interpretando expresiones sociales que son enigmáticas en la superficie”.

Además Geertz propone un método para comprender, interpretar y explicar cómo es que se producen estos intercambios de sentido en la sociedad: la descripción densa. Se trata de interpretar, proponer una hipótesis a partir de elementos que no se entienden a simple vista.

Vimos también como Umberto Eco desnaturaliza la cultura a través de los extractos del libro Signo. (página 39)

Material del 22/04

https://videos.educ.ar/embed?id=40678

el-hombre-como-ser-cultural-1194437171436008-4

https://prezi.com/embed/bmqk5woomlv6/?bgcolor=ffffff&lock_to_path=0&autoplay=0&autohide_ctrls=0&landing_data=bHVZZmNaNDBIWnNjdEVENDRhZDFNZGNIUE1WM1Yrd0l0Nit5bFg5ZlpuaFZKcmprVkJFWkJKZm5hdlVGY3RXY0xUUT0&landing_sign=30TDr7zUA05QpcM6JcEB9KzTuowkHQpgIvIbxUtB2m4

Clase 9 y 10

La diferencia entre la definición antropológica de Cultura y el Sentido Común

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Para analizar:

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Cultura oficial y culturas subalternas

En El queso y los gusanos. El cosmos según un molinero del siglo XVI, el historiador Carlo Guinzburg, plantea la relación y las problemáticas entre cultura popular y cultura dominante a través de la reconstrucción de una parte de la vida y del pensamiento de un molinero del siglo xvi.
El título alude al núcleo de la cosmogonía del molinero Domenico Scandella, apodado Menocchio y natural de Friuli, quien concebía el origen del universo a la manera del queso en que surgen gusanos: el cosmos como sustancia primordial, informe y densa, de la que nacen los seres vivos, los ángeles en primer lugar y luego los hombres.

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Reseña de -El queso y los gusanos. El cosmos según un molinero del siglo XVI- de Carlo Ginzburg

Clase 3 y 4: El debate entre lo innato y lo adquirido, discusiones en torno de la relación naturaleza y cultura. La capacidad humana de construir el mundo

la capacidad de construir el mundo

 

Clase Nro 1 y 2

Introducción a la materia y a sus conceptos básicos

Cultura
Actualmente, en las ciencias sociales existe un acuerdo en entender lo cultural como una dimensión presente en la totalidad de las relaciones sociales. Una de las definiciones más extendidas fue propuesta por el antropólogo Clifford Geertz, quien postula que “el hombre es un animal inserto en tramas de significación que él mismo ha tejido” y considera que “la cultura es esa urdimbre y que el análisis de la cultura ha de ser por lo tanto, no una ciencia experimental en busca de leyes, sino una ciencia interpretativa en busca de significaciones”.
Una segunda reflexión acerca de la cultura permite visualizar el carácter armonioso (como forma de vida en común) y conflictivo (como escenario de disputas materiales y simbólicas) de los procesos socioculturales. En esta dirección, la cultura es pensada como suma de todas las descripciones disponibles (mediante las cuales las sociedades confieren sentido y reflexionan sobre sus experiencias comunes) y/o como el emergente de significados y valores de grupos sociales diferenciados.2 La unidad 1 –“Cultura, sociedad y comunicación como producciones humanas”– y la unidad 2 –“Cultura y comunicación en la vida cotidiana”– se proponen revisar esta doble dimensión. En ellas se estudiarán tanto los procesos de producción, circulación y consumo de significados en la vida social, como las relaciones de poder en la cultura (hegemonía, subalternidad y contrahegemonía) y las disputas simbólicas en su vínculo con la clase, el género, la edad, la etnia u otros elementos estructuradores de lo social.

multicultural

Comunicación

De acuerdo con su etimología latina comunicar quiere decir poner en común, compartir. Este poner en común constituye lo propio de la vida social y la condición humana. La comunicación, por lo tanto, será entendida como una dimensión de lo humano que se reconoce en la constitución del universo de significados y valoraciones adjudicados a experiencias. Es decir, esta definición debe pensarse como dependiente del concepto, esencialmente semiótico, de cultura.

comunicación

Sociedad

Son grupos de seres humanos en interacción constante, capaces de autorreproducir su existencia colectiva en función de un sistema de normas que rigen sus actuaciones y en el que la duración del sistema trasciende la vida de cada uno de los individuos que lo forman. En las interacciones sociales que se producen en su seno –que siempre constituyen relaciones de poder– se construyen los múltiples significados de la cultura.

multitud
Poder

Las relaciones entre sujetos son siempre relaciones de poder, en tanto –mediante sus interacciones– diferentes grupos sociales se intersectan, chocan, resisten, negocian, construyen y reconstruyen la trama de la cultura. Así se produce una lucha en el campo de los sentidos socialmente construidos. De esta manera, el poder no es algo que se detente, sino que circula y se ejerce, se internaliza y atraviesa a los sujetos.

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Identidades / diversidad

La noción de identidades, fuertemente relacionada con la definición de cultura propuesta, da cuenta de forma simultánea de lo común y lo diferente, lo propio como dado y lo propio como adquirido. De allí que se constituya a partir de una dinámica relacional entre las significaciones culturales aprendidas y las creaciones realizadas por los sujetos a partir de sus experiencias. Esto quiere decir que las identidades se constituyen siempre en alguna relación. Podría ser precisada de la siguiente manera:
[…] como aquella definición coproducida por los actores sociales, que se manifiesta en una específica articulación de atributos socialmente significativos, tornando a dichos actores históricamente reconocibles y coyunturalmente diferenciables. La identidad es socialmente operativa cuando transmite sentidos (valores, pautas, criterios) relevantes para las distintas partes de la interacción. Estos sentidos se construyen en un continuo y complejo entramado de relaciones sociales en el seno de una estructura social. Los atributos que canalizan una identidad son los depositarios de esos significados los que, a su vez, se asientan en y debaten con el esquema normativo y valorativo dominante, el “buen orden”, el “buen sentido”, y con otros esquemas alternativos.

El acento en la coproducción no descuida los conflictos que se presentan en sus procesos de constitución. Las identidades culturales son escenario y objeto de luchas políticas, económicas y representacionales. Dichos escenarios instituyen modos de concebir y gestionar relaciones con los otros y fluctúan entre el orden que hace posible el funcionamiento de la sociedad y los actores que la abren a lo posible. Una mirada que atienda los aspectos conflictivos de los procesos de construcción de identidades sociales requiere, para su comprensión, de la articulación con la noción de diversidad en tanto y en cuanto los dominios identitarios son construidos siempre en relación a una diferencia, una alteridad.
El estudio de las identidades y de las diversidades culturales –identificadas desde perspectivas teóricas que las postulan como nociones no esencialistas, relacionales y cambiantes– colabora en la visualización de un aspecto fundamental de la democracia: el reconocimiento y la legitimación del conflicto, así como la negativa a suprimirlo mediante la imposición de un orden autoritario. Una sociedad democrática-pluralista no niega la existencia de conflictos, sino que proporciona las instituciones que le permiten expresarlos.

identidad
Desigualdad

El conocimiento de la dimensión cultural de una sociedad supone una pregunta/problematización acerca del reparto –y los conflictos que ese reparto supone– en torno de los bienes materiales y simbólicos. De tal modo que la noción de desigualdad sociocultural que se propone “comprende la distribución desigual de bienes económicos, de medios de poder político y de expectativas culturales para la propia o ajena estimación. La desigualdad social, como distribución desigual de bienes económicos, políticos y culturales, no es, por lo tanto un hecho natural, sino que más bien es producida y reproducida en instituciones sociales”.
Se trata de asumir la idea según la cual la producción sistemática de desigualdad social no es resultado de una cuestión ni natural ni exclusivamente económica, sino también simbólica y cultural. Se estudiará entonces el proceso que va desde el reparto inequitativo de bienes materiales –que produce situaciones de desigualdad social respecto de la salud, educación, vivienda, tecnológicas, etc.– hasta las diferentes prácticas y representaciones de la jeraquización y estigmatización social. De tal modo que las estructuras sociales no solo construyen y dan forma a la desigualdad, sino que también las sostienen y reproducen en los discursos y las prácticas culturales.

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Written by Santiago Fuentes

22 abril, 2016 a 14:30

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